La Organización de las Naciones Unidas (ONU), creada luego del Tratado de San Francisco de junio de 1945, ha sabido modificar la estructura conocida por entonces de los organismos internacionales. Por primera vez aparecía una entidad internacional universal dedicada a la cooperación internacional, a la prohibición del uso de la fuerza entre los Estados y a la solución pacífica de las controversias internacionales.
A diferencia de lo que había sucedido con la Sociedad de Naciones, creada al concluir la Primera Guerra Mundial, las Naciones Unidas nutria las esperanzas de la comunidad internacional por alcanzar un espacio de debate y colaboración capaz de habilitar áreas de intercambio y resolver (o al menos cercenar) las disputas entre los Estados.


Es menester recordar que la ONU le otorgó una categoría especial a los Estados ganadores de la Segunda Guerra (China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y la por entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), lo que se traduciría más adelante en un sinfín de acuerdos por mantener el statu quo, entre los que podemos señalar los del campo nuclear.
La ONU empezó su funcionamiento en un clima inestable de comienzo de Guerra Fría, el que se originó a partir de la Guerra de Corea (1950-1953) generando, incluso, una alteración en su propio ordenamiento. Simplemente recordar la “Resolución Pro Paz”. Lo que es indudable, es que en un intento por replicar figuras similares del pasado, la ONU trataba de ofrecer, entre otras herramientas, un nuevo instrumento para la diplomacia internacional: la figura del Secretario General.
En el artículo 99 de la Carta de las Naciones Unidas se establece que el Secretario General puede llamar la atención del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, órgano dedicado a velar por el mantenimiento de la paz y seguridad internacional. No obstante, la figura del Secretario General parecería ser simbólica. En términos prácticos, es la figura visible de la Organización.
Podemos destacar en tal sentido que excepto el británico Gladwyn Jebb, el que ocupó el mencionado cargo por menos de un año, las potencias han sabido liberar ese cargo a representantes de países de segundo y hasta de tercer orden. Podemos recordar hechos significativos como el del sueco Dag Hammarskjöld, quién trató de mediar en el conflicto del Canal de Suez de 1956 y creó en aquella ocasión la figura de las “Operaciones para el Mantenimiento de la Paz”; el birmano U Thant, quien colaboró durante la guerra de Vietnam; hasta considerar a Kofi Annan, ganador del Premio Nobel de la Paz en 2001. Al parecer la figura del Secretario General estaba en aumento en cuanto a su interferencia como figura de la diplomacia y la paz, aunque esa tendencia pareció perderse con la llegada del actual Secretario General, el surcoreano Ban Ki-moon, quién asumiera sus funciones en 2007.
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La actual guerra civil en Siria, el avance del Ejército Islámico, la crisis migratoria en Medio Oriente y África, las crisis e intervenciones en Yemen y Bahréin, la invasión aliada en Afganistán; la mal llamada “Primavera Árabe”, la guerra civil en la República del Congo, Boko Haram en Nigeria, la disputa por el Ártico, el cambio climático, la continua inestabilidad entre las Coreas, así como también entre Paquistán y la India… Un sinfín de alternativas para ver los dotes del Secretario General de la ONU en un mundo que requiere de nuevos canales de interacción. No obstante, el actual Secretario parece ser un desconocido para las tapas de los diarios más importantes del mundo. Un perfil, quizás, demasiado correcto para los tiempos que corren y la necesidad de rencauzar determinadas pujas políticas.
En contraposición, aparecen los Directores Generales de Organismos especializados, alguno de ellos miembros de lo que se conoce como “La Familia de las Naciones Unidas”. El egipcio Mohamed ElBaredei quién siendo Director General del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) supo desafiar a los Estados Unidos diciendo que Iraq no tenía armas nucleares. Posición que lo llevara a obtener el Premio Nobel de la Paz en 2005. Del mismo modo, Rogelio Pfirter, diplomático argentino, quién dirigió entre 2002 y 2010 la Organización contra la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) con una activa y destacada participación en la crisis de Siria, podría ser un buen caso de lo antes mencionado.
Para concluir, es importante mencionar la necesidad que tiene el actual contexto internacional por contar con líderes capaces de acercar e interceder entre las partes de un conflicto. En esta ocasión, merece la pena considerarse las funciones y actividades del Secretario General de las Naciones Unidas así como de los distintos órganos especializados. Respecto del primero, es importante que recupere el rol activo que supo tener así como su prestancia a los diversos escenarios. En relación a los Directores Generales, la dedicación a temas particulares les da una ventaja para entender y participar activamente en ese contexto. Puede ser una herramienta útil en un complejo entorno político.

Por Lic. Mariano López Ferrucci
Académico – Analista Internacional-

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