Entrevista a dos voces calificadas para ayudarnos a entender sobre las complejidades del tablero geopolítico en Oriente Medio, con el foco en el atolladero Siria. Opinión de expertos de Argentina sobre la actualidad de la crisis en Siria, desde las implicancias geopolíticas tras las fricciones entre Irán y Arabia Saudita. Reflexiones del analista Horacio Calderón y del Director de Equilibrium Global Dr. Alberto Hutschenreuter.

Pregunta: No podemos ignorar los efectos del conflicto entre Arabia Saudita e Irán en la región. ¿Particularmente con Siria, qué ocurre? Bashar Al-Assad, un alauita con apoyo chiita, con apoyo de Irán. Una Arabia Saudita aliada de Estados Unidos. ¿Qué lectura o interpretación podemos hacer considerando la fricción saudí-iraní?
Horacio Calderón: La historia del conflicto entre persas y árabes ha producido numerosos enfrentamientos a lo largo de los siglos, como también ocurre entre sunitas y chiitas, a veces veladamente, a veces de manera sangrienta, cuando aún vivía el mismo Mohammed, profeta del Islam.
No obstante, y si bien el actual conflicto es multifacético y multidimensional, en las regiones de Asia Suroccidental conocidas como Levante y Medio Oriente parece exclusivamente basado y expandido en líneas religiosas sectarias y también étnicas; su explosión y derrame se renueva actualmente con una elevada intensidad gracias a la intervención de las más grandes potencias mundiales y sus respectivos aliados estatales y no estatales. Es decir, la crisis política y militar en el Levante y el Medio Oriente tiene un firme basamento en los intereses, objetivos y estrategias de los diferentes y múltiples actores, que podrían ser considerados corresponsables del inmenso drama humanitario que ha causado hasta hoy centenares de miles de muertos.
El actual conflicto en Siria estalló gracias a una rebelión patrocinada por Arabia Saudita que, conjuntamente con otros países árabes del Golfo Pérsico y Jordania, apoyados por potencias occidentales como EE.UU., Francia y Gran Bretaña, además de Turquía, respaldaron el crecimiento y las operaciones de organizaciones yihadistas e islamistas con el objeto de derrocar al régimen del presidente Bashar Al-Assad. Estas intenciones son orientadas a destruir el “tridente” geopolítico conformado por Irán, Siria y el movimiento Hizballah libanés. Poco importaba en un principio que Siria se convirtiera en un territorio sumergido en un caos similar al de Libia o del mismo Irak. El objetivo es derrocar al presidente Assad sin importar las consecuencias que podría deparar a todo el Levante y las regiones adyacentes.
El conflicto ha experimentado un cambio de paradigma, a partir de la alianza estratégica en ciernes entre EE.UU. e Irán, que coloca a Arabia Saudita en una situación extrema frente a su antiguo aliado, tal como sucede con Israel. Arabia Saudita e Israel son estrechos aliados en el momento actual, aunque esta vinculación se deba a que ambos países enfrentan a un enemigo común: Irán.
Además, aunque usted no lo haya preguntado, agregaría que la intervención militar de Rusia en Siria está cambiando el curso de los acontecimientos. De hecho, ha fortalecido a su gobierno en la defensa de sus principales bastiones y, según cómo evolucione la situación en los diferentes teatros militares, podrían avanzar también hacia las regiones controladas por las fuerzas yihadistas encabezadas por el ISIS y las redes que obedecen actualmente a Al-Qaeda Central lideradas por el Frente Al-Nusra.

Alberto Hutschenreuter: En Siria existía una suerte de pacto social que “trascendía” o “rebajaba” las diferencias religiosas y que explican que hasta 2011, cuando se inician los levantamientos o “golpes de la calle”, casi no existían cuestionamientos al régimen de confesión alawita, una rama disidente del islam chií. Este régimen proporcionaba un aceptable nivel de vida, y así evitaba cuestionamientos de importancia; un pacto típico en regímenes autocráticos. Hasta entonces, el objetivo irrenunciable del régimen de Damasco, que a la vez fungía como factor de unidad nacional, eran los Altos del Golán, espacio nacional perdido frente a Israel tras la traumática derrota militar de 1967.
Pero a partir de la guerra que se inició en 2011 esta referencia de “unidad nacional” quedó de lado, y Siria se convirtió en un escenario de convulsión en el que guerreaban múltiples actores. Entonces, reapareció para la mayoría religiosa del país, los sunnitas, la posibilidad de convertirse en poder. Pero ello habría implicado no sólo un cambio de escala a nivel nacional, sino a nivel regional e incluso global.


La estabilidad en Medio Oriente funciona sobre la base de un delicado equilibrio de insatisfacciones nacionales (Stephen Walt diría “equilibrio de las amenazas”) siendo el régimen alawita de Siria un garante de dicho equilibrio. En mi opinión, es dudoso afirmar que la mayoría de los actores, incluido Occidente, deseaba una Siria sin Bachar al Asad o, para decirlo de otra manera, una Siria bajo mando inestable. La misma inteligencia israelí ha advertido sobre el peligro que implicaría para Israel la deriva de Siria hacia un “Siriastán”, es decir, un espacio anárquico, atravesado por el accionar de múltiples grupos y funcional para la insurgencia y el terrorismo.
Lo que quiero decir es que el factor religioso sin duda es poderoso en la región, pero no olvidemos que, ante todo, las relaciones internacionales son relaciones de poder e intereses.
En cuanto a Arabia Saudita, es cierto que es un aliado de Estados Unidos. Pero la postura cada vez más asertiva y desafiante de la política exterior de Riad tal vez nos esté diciendo que la relación con Estados Unidos no es tan segura o sólida como antes. El “factor 11-S” ha provocado cambios en la relación, pues desde aquella catástrofe nacional las autoridades estadounidenses se propusieron rebajar la dependencia energética del área del Golfo Pérsico y del peso de lo que denominan “Riadpolitik”, es decir, la fuerte  influencia de Arabia Saudita en el cartel de países exportadores de petróleo. En otros términos, podríamos decir que durante la última década hubo cierta reluctancia estadounidense a la “influencia del lobby saudita” (parafraseando a John Mearsheimer).
Asimismo, acaso con el fin de “desmarcarse” de una delicada cuestión, las críticas de altos funcionarios estadounidenses, entre ellos de la misma Hillary Clinton, sobre la responsabilidad saudita en relación con la gestación del EI se hicieron cada vez más fuertes. Más todavía, en las conversaciones de Viena se registró cierta “disposición” de Estados Unidos a aceptar que el presidente sirio continúe en el poder lograda la estabilidad en el país (algo inaceptable para Arabia Saudita).

Pregunta: Analistas sostienen que lo sucedido entre Arabia Saudita e Irán puede frenar el plan de acción y proceso de paz firmado en Viena el diciembre pasado. ¿Qué cree usted? ¿Por qué?
Horacio Calderon: Comparto la posición de quienes sostienen que el agravamiento de la situación entre Arabia Saudita e Irán podría frenar los acuerdos de Viena de diciembre pasado. Por último, si bien un estallido bélico entre estos viejos adversarios es posible, no puede evaluarse, aún, su grado de probabilidad en razón de los esfuerzos diplomáticos de EE.UU. para que la situación actual no se agrave.

Alberto Hutschenreuter: Es una seria posibilidad. Los dos países, vitales para lograr un curso favorable de la situación en Siria, desde hace tiempo se encuentran en una carrera por la predominancia regional. Los dos han logrado una acumulación militar que ha convertido a la región en la segunda donde más han subido los gastos de defensa. A ello tal vez deberíamos agregar que los dos sufren (diferentes) sentimientos de humillación que siempre se expresan a través de posturas de afirmación nacional hacia fuera.
En esa carrera difícilmente se acepte que uno obtenga ganancias relativas de poder en detrimento del otro. Y la percepción de Arabia Saudita (acertada, sin duda) es que Irán ha logrado mayores ganancias de poder en la región, e incluso en temas como la energía nuclear pues considera que en el acuerdo nuclear de Viena de julio de 2015 Teherán ha cedido pero no ha perdido, puesto que el levantamiento de las sanciones le significará fortalecer su poder nacional y ampliar su capacidad para proyectar poder e influencia. Mientras, como bien ha advertido la especialista Liliya Khusainova, en 2015 Arabia Saudita registró un fuerte déficit público (15 por ciento del PBI) debido a la pronunciada caída del precio del barril, déficit que se ampliará durante 2016.
Por otra parte, si la llegada del monarca Salman en enero pasado implicó una política externa saudita de reafirmación nacional dirigida principalmente a Irán, la ejecución del clérigo chií Nimr Baquir al Nimr por parte de las régimen de Riad y el siguiente asalto a la embajada de Arabia Saudita en Teherán, que ocasionó la ruptura de relaciones entre los dos países (a la que se sumaron los aliados de Riad), crea una nueva situación de escalada entre los dos actores, que seguramente se expresará en términos de violencia en aquellos sitios de compulsa regional, por caso, Yemen.
En breve, con este cuadro será complejo que ambos se “desconecten” de sus percepciones y competencia y den su consentimiento a un acuerdo hasta hoy precario.

Pregunta:¿Podemos decir que en el conflicto entre Arabia Saudita e Irán se define por la lucha de la hegemonía en Medio Oriente?
Horacio Calderon: Sin lugar a dudas y, nuevamente, el conflicto entre estos actores tiene como objetivo convertirse en hegemones o en el hegemon de esa región sin olvidar que la principal potencia militar, por su armamento nuclear, continúa siendo Israel. Sin embargo, si EE.UU. retirara gran parte de su poder naval-militar del Medio Oriente para trasladarlo a la región Asia-Pacífico, objetivo primario de la estrategia de su alianza con Irán, dejaría a este último país como el gran hegemon regional, al que sólo podrían oponerse Turquía, Egipto e Israel, aunque no en lo inmediato. No debería perderse de vista a estos tres últimos actores y sus respectivas acciones en los próximos años.
Finalmente, si se dejara sola a Arabia saudita y los reinos y emiratos del Golfo, Irán podría derrotarlos militarmente, aunque este escenario es a mi juicio de baja probabilidad de ocurrencia. No puede considerarse a Arabia Saudita e Irán como dos colosos que se enfrentarían a solas para solucionar sus conflictos. Sería, como bien dijo el Papa Francisco, un conflicto armado extremadamente grave, pero uno más en la “tercera guerra mundial” por etapas a la que aludió el Sumo Pontífice.

Alberto Hutschenreuter: Sin duda estamos frente a una pugna, imprevista tan solo hace poco más de una década. Claramente es una lucha por la hegemonía, y esa lucha va por delante de otras cuestiones o conflictos, incluso de la misma amenaza terrorista. Pero más allá de esta compulsa, es importante decir que la misma resulta funcional para otros actores o potencias medias de la región, concretamente Israel, como así perjudicial para otros, por ejemplo, los palestinos. Asimismo, también resulta funcional para los países que suministran armamentos, que son principalmente los miembros plenos del Consejo de Seguridad y Alemania.
Es una pugna por la hegemonía, pero en Medio Oriente la hegemonía, que desde el enfoque del “realismo ofensivo” es la mayor garantía de seguridad que puede lograr un Estado, difícilmente aportará estabilidad regional. Medio Oriente, más que cualquier otro espacio del globo, requiere de equilibrio de fuerzas y de compromisos menos preferenciales y más “neutrales” por parte de las potencias extrazonales, algo sin duda difícil de lograr. Se pueden haber aflojado algunas lealtades estratégicas, pero ello no significa que se sacrifiquen intereses.

Pregunta: ¿Puede usted repasar brevemente un punto que nos permita conocer qué ha aportado Irán y qué ha aportado Arabia Saudita a la crisis en Siria? ¿Cómo califica la actuación de cada uno?
Horacio Calderon: Si bien las respuestas cortas invitan al reduccionismo, puedo decir que Arabia Saudita e Irán no se enfrentan en Siria de manera directa sino a través de sus respectivos aliados y representantes. Por el lado de Irán predominan las fuerzas del Hizballah libanés y un sinnúmero de milicias extremistas chiitas compuestas por milicianos de ese mismo país, de Irak y de la misma Siria. En cuanto a los sauditas, no han cesado de respaldar a cuando movimiento o grupo terrorista pudiera ser utilizado para derrocar al régimen de Bashar Al-Assad, sin importarles las consecuencias. Esto parece ser una política de Estado del régimen extremista de la Casa de los Saud, responsable principal del estallido y crecimiento del caos de seguridad regional.

Alberto Hutschenreuter: Arabia Saudita e Irán son actores clave para lograr un curso favorable en relación con el fin de la guerra en Siria. El problema es que ambos son parte del conflicto y dirimen poder a través del conflicto. Algunos especialistas sostienen que Arabia Saudita e Irán se enfrentan en Siria a través de terceros, es decir, confrontan por delegación; pero esa situación es relativamente cierta porque Teherán ha intervenido directamente en la guerra en Siria en defensa del régimen encabezado por Bachar al Asad por medio de milicias. Asimismo, apoya a Hezbolá, que es confesionalmente afín.


En rigor, más allá de los tres escenarios de convulsión en los que Riad y Teherán ejercen gran ascendencia, Siria, Irak y Yemen, los dos países son relevantes en todos los problemas que atraviesan la placa geopolítica de Medio Oriente y Golfo Pérsico, una de las regiones con mayor condensación geopolítica, geoeconómica y geocultural-religiosa del planeta. Pero dicha placa posee una condición singular que la hace única en relación a otras fallas geopolíticas del globo: el carácter irreductible de los conflictos, tanto abiertos cuanto latentes. Habitualmente se piensa en el conflicto israelo-palestino o en la siempre tensa situación entre Israel e Irán cuando se alude a esa condición singular de la región de Medio Oriente; pero hoy la rivalidad entre Arabia Saudita e Irán (a la que hasta hace algún tiempo se sumaba Turquía) se presenta en términos casi irreductibles, pues los dos países, sin duda los que más han construido poder e incrementado sensiblemente su capacidad para proyectar poder, se hallan en una carrera por la predominancia y la hegemonía política, militar y religiosa en la región (y más allá también).
De manera que los dos actores son críticos en relación con el final de la guerra en Siria, pero será difícil que ambos alcancen una convergencia cuando se encuentran en el cénit de su condición ya no geopolítica sino geoestratégica, es decir, no sólo son actores pivotes por la posición selectiva en la que se encuentran y por su alta viabilidad económica derivada de sus recursos, sino que ascendieron al grado geoestratégico por su notable capacidad para proyectar poder e influencia hacia otros espacios.
Por otro lado, cuesta calibrar si la iniciativa de Riad de formar una alianza militar de 34 países musulmanes para enfrentar al Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés) está realmente orientada a ello o apunta más bien a cimentar poder frente a Teherán. Dada la orientación política de carácter más asertivo que adoptó el poder saudita tras el ascenso del rey Salman bin Abdelaziz en enero de 2015, lo segundo se acerca más a la realidad.
Finalmente, aun considerando que dejan su rivalidad de lado para evitar que la guerra finalmente los pueda desestabilizar, es difícil considerar que Arabia Saudita pueda controlar al actor, el EI, que en buena medida contribuyó a gestarlo. Por su parte, es difícil considerar que Irán avalará cambios que impliquen el debilitamiento de un régimen aliado.

Pregunta: Hace poco se anunció una “alianza islámica” liderada por Riad para combatir al Estado Islámico. ¿Esta fricción con Irán puede tener consecuencias para esta alianza de países que buscan combatir al ISIS?
Horacio Calderon: Dado lo expuesto en las preguntas anteriores, no creo en absoluto en los dudosos beneficios de una llamada “alianza islámica” para combatir al ISIS, liderada por Arabia Saudita, ya que sumarse a ella equivaldría, a mi juicio, a acostarse a dormir con el enemigo.

Alberto Hutschenreuter: Como sostuve, para Arabia Saudita lo central es lograr ganancias de poder frente a su principal antagonista y amenaza regional, que es Irán. Sobre este propósito estratégico mayor se articulan diferentes iniciativas, siendo la alianza islámica, en la que no están Irak, Siria e Irán, es decir, el “eje chiíta”, un intento de configurar un frente interestatal que implique construcción de poder para Riad frente a Teherán.
Si el propósito real de la alianza es la lucha contra el EI, es inconcebible que no formen parte de ella Irak y Siria, los dos países árabes y musulmanes que más sufren la violencia extrema del EI.
Pero no todos en la alianza tienen el mismo grado de belicosidad frente a Irán. Por supuesto que siempre están los incondicionales a Riad, como Bahréin, que casi no mantiene vínculos con Teherán y recibe importante asistencia financiera y militar de Riad. A Barhéin se suman Emiratos Árabes Unidos, Sudán y otras petromonarquías del golfo, pero después el compromiso de otros países musulmanes se torna más lábil. Consideremos, por caso, Pakistán: para este país su hipótesis de conflicto mayor pasa por la India, no por Irán. En breve, a mayor número de miembros de una alianza, el propósito estratégico de la misma tiende a debilitarse pues no todos tienen la misma percepción en materia de amenazas. Siempre existen percepciones diferenciadas. Esto puede considerarse una regularidad en las relaciones internacionales.

Desarollo & Contenido:
Vanina Soledad Fattori

Horacio Calderón es analista internacional, experto en asuntos de Medio Oriente y asuntos de seguridad internacional. Es columnista en medios de Argentina y del mundo. Site : http://horaciocalderon.com/

Alberto Hutschenreuter es analista internacional, autor de los libros: “La Gran Perturbación” y “Política Exterior de Rusia & Humillación-Repación”.

 

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