El  TTIP (“Transatlantic Trade and Investment Partnership”) es un acuerdo de asociación comercial entre Europa y los Estados Unidos que podría constituir (en perspectiva) la región económica, financiera y comercial más grande del mundo. Desde febrero de 2013, Bruselas y Washington vienen trabajando con el objetivo de alcanzar un acuerdo para eliminar las barreras aduaneras entre los dos bloques. Sin embargo, alcanzar este  acuerdo marco es un desafío muy complejo, siendo que, por un lado tenemos a la potencia económica más grande del mundo, y, por el otro, a una región muy heterogénea que, en definitiva, es una suma de diferentes soberanías y economías, un mapa de diferentes realidades.
Para comprender este panorama, una comparación con lo que fue el proyecto del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) puede sumarnos algunos elementos. Como se sabe, el proyecto ALCA tenía como objetivo la unión comercial entre el Norte de América y el Sur. Era sin dudas una iniciativa de componente geopolítico muy ambiciosa, impulsada por el ex mandatario norteamericano George H. Bush en los años 90. Continuó siendo desarrollado por su sucesor Bill Clinton, pero con en el mandato de George W. Bush hijo, el ALCA comenzó a dejarse de lado.
El perfil que caracterizó este proyecto de libre comercio en cada etapa, estuvo relacionado con la dinámica propia de la política exterior impulsada por Washington. En la presidencia de Bush padre se trató de una mirada internacionalista que no excluyó a ninguna región del mundo: desde el Caribe y Centroamérica hasta Medio Oriente; a la par del beneficio de la globalización, el espacio abarcativo para la proyección de la influencia comercial de Estados Unidos ha sido indiscutiblemente mundial con intereses moldeados a todas las geografías del planeta.
Con Bill Clinton se continuó de manera menos agresiva, pero siempre con vistas a consolidar el unipolarismo post Guerra Fría. Sin embargo,  todo esto cambió con el ascenso de Bush hijo a la Casa Blanca. Con señales evidentes de su rol como representante político del lobby petrolero estadounidense, George W. Bush fundó su política en el fortalecimiento de la hegemonía norteamericana en el Medio Oriente cristalizándola a través  de la de lucha contra el terrorismo (prioridad surgida después del 11 septiembre de 2001). De esta manera, Estados Unidos se convirtió en una nación capaz de controlar el precio del petróleo, pese a que esto significaba para la Casa Blanca, una gran dedicación y despliegue en la región. En el mismo plano, otro objetivo fue alcanzar el control total del suministro energético, es decir, el control de la venta del petróleo con potencialidad de impacto frente a dos actores de peso como Rusia e Irán.


Esta etapa de la historia siembra el antecedente del comienzo de las fricciones, con el liderazgo de Washington frente a la emergencia de Rusia con un manejo estratégico de los recursos energéticos, donde el petróleo se convierte en instrumento clave en la política de reposicionamiento de Rusia en el concierto internacional de naciones. Con el ascenso de Putin, Rusia pasaba de ser un país al que se percibía como “derrotado”, a fortalecer posiciones en la palestra internacional y mostrarse nuevamente como potencia, valiéndose Moscú del factor energético en su política exterior.

Diferente fue el escenario en Europa, donde Washington no se ha visto perturbado por el escalonamiento de Alemania como locomotora en el viejo continente.
Pero en América Latina, y tal como coinciden muchas voces, Washington mermó considerablemente su potencial de acción directa, a la par de florecer en la región la nueva clase política que emprendió un concepto “independentista” que  reposó en la construcción de una alternativa a la costumbre de dependencia del norte. A partir de Chávez (1998), los gobiernos de Kirchner en Argentina, pasando por Lula y Rousseff en Brasil, se fueron emprendiendo nuevas maneras de conducir los estados latinoamericanos, que, en consecuencia, lograron una economía y una política interna y externa más autónomas. En otro plano, este frente creó (con el paso del tiempo) su propia idea de política regional opuesta a la “Doctrina Monroe”.
En este sentido, podemos relacionar varios acontecimientos que nos exponen que Bush hijo ha sido el presidente que más crispaciones ha generado en la política exterior estadounidense en relación a Latinoamericana; en este contexto se produjo la defunción definitiva fue del ALCA en el 2005.
Ese año se realizó una demostración de fuerza sin precedentes por parte de los países latinoamericanos. Bajo el liderazgo del Brasil de Lula y el apoyo, principalmente, de Argentina y Venezuela, se vetó el desarrollo del área de libre comercio americana. El principal punto del fracaso fue la falta de acuerdo en el área agroidustrial, donde el lobby agrícola norteamericano se opuso a bajar el nivel arancelario de ingreso a su mercado mientras demandaba la baja del  nivel arancelario con vistas a penetrar los mercados del sur. Sin lugar a dudas, Suramérica percibió en este acuerdo un instrumento desigual y devastador para su economía agrícola, por lo cual, el 2005 fue un momento clave para la región y la consolidación de su “independencia del siglo XXI”.

Etapa Obama
Con el ascenso de Barack Obama a la presidencia estadounidense se ha intentado volver la mirada hacia el sur, como podemos ver apreciar a través del descongelamiento de las relaciones con Cuba, y sin abandonar el control vital sobre Europa y Oriente Medio. La política exterior de Obama se ha caracterizado por un intento de transmitir una imagen de un aparente perfil de dialogo y mediación en los acontecimientos mundiales sin directa demostración de fuerza, diferenciándose de su predecesor George Bush. El oficio de entendimiento con Irán supone una muestra en este sentido, donde Obama ha sorteado obstáculos internos (los republicanos) y externos (postura opuesta de Israel) para capitalizar un logro político que tiene objetivos de contención del asenso de China.
Sin embargo, en el convulsionado escenario en Oriente Medio, el actual líder de la Casa Blanca lleva una política dura, como la que se ha generado también con Rusia, donde se observan similitudes con la era de fricciones de la Guerra Fría.
En Latinoamérica, el presidente Obama intentó emplear la vía del dialogo a través del intercambio comercial y la cooperación política, aunque es imposible no pensar en el uso del “soft-power” mediático y de los apoyos a los grupos opositores en diferentes países, para contrarrestar el liderazgo nacional y regional de los principales mandatarios “independentistas” del continente. En un aparente clima de paz, cuya máxima expresión mediática es la recuperación del dialogo con Cuba, esta etapa histórica oculta otras situaciones con diferentes actitudes y estrategias: por ejemplo el caso venezolano o el litigio de los fondos buitres en Argentina.
A pesar de todo, la supervivencia del sistema dominante (el libre mercado) no es posible solo con una política activa de intervención contra los nuevos actores, sino ofreciendo al sistema mismo la oportunidad de alimentarse y sobrevivir al ascenso de las otras regiones del mundo. En este sentido puede leerse el desarrollo del TTIP. Después de la armonización de la estrategia y de la unión en el mercado financiero (sin la cual no se hubiera sufrido tanto la crisis del 2008), el cumplimiento del “mandato globalizador” (la globalización y el libre mercado) puede lograrse con el desarrollo de un mercado común de vasta dimensión.
Esto pondría al centro del sistema (los EE.UU.) en la posición de preservar su condición de potencia absorbiendo los recursos financieros y económicos de Europa. De todos modos, esto no es suficiente. Para conseguir una verdadera posición de ventaja frente a los otros actores internacionales, Washington (en verdad las multinacionales que tienen el control sobre la Casa Blanca) tiene que hacer de este sistema una red estable en el medio-largo plazo, es decir, ampliar la política de seguridad de sus fronteras. Si en los primeros siglos de su vida esto fue posible simplemente con la aplicación de la Doctrina Monroe (en particular en América Central y en el Caribe y después con el control político de Europa para afrontar a la URSS), hoy no es suficiente y se requiere una estrategia total de influencia estable.
La perspectiva de medio-largo plazo sólo es viable con la derrota de cada resistencia al avance del control económico por parte de unas pocas empresas multinacionales. El oligopolio económico de facto es posible sólo con el pasaje desde el liberalismo hacia el hiperliberalismo. Es por eso que se ha desarrollado en paralelo al proyecto de TTIP, el acuerdo TISA (“Trade in Services Agreement”).
Este acuerdo que en América Latina tiene como firmantes a Chile, Perú, Colombia y México, expande su influencia más allá de Europa, abarcando a todos los países “occidentales” en su visión política y económica. Quienes adhieren a la “Alianza del Pacífico” y su implicancia geopolítica moldeada desde la perspectiva de la Casa Blanca. Con este tratado, los firmantes someten sus países a una fuerte “desreglamentación” del tercer sector y del mercado de los trabajadores. Todo es “en y por el mercado”, un mercado sin reglas escritas y con una dependencia de la voluntad del mismo, donde los más grandes capitalizarán los beneficios y las corporaciones saben sacar provecho de su posición de fuerza. En esta situación, no se garantiza la defensa de los intereses de los ciudadanos, que deben simplemente vivir en función de la supervivencia del propio sistema sin ninguna alternativa o salida.


El viejo sistema centro-periferia se convierte en un sistema nuevo parecido a un ojo donde la periferia es el globo ocular circundado por capilares que absorben la energía útil para el sistema central (la pupila) el cual cuenta a su vez con un mecanismo de control y defensa de su posición de ventaja al interior y exterior del sistema. Un proyecto de este tipo no podría ser público y, por ello, fue publicado el 19 junio de 2014 por Wikileaks. Obviamente este argumento ha sido tratado de manera marginal por los medios, del mismo modo como son tratados el resto de los temas implicados en el TTIP. En el G7 del 7 y 8 de junio en Alemania se ha explicado la necesidad de acelerar los tiempos para conseguir el tratado este año, lo cual es la síntesis expuesta por los medios. Sin embargo, se dijo muy poco sobre los temas controversiales del acuerdo. Como en el caso del ALCA, el nudo central es el rubro agroindustrial. Con la baja de las barreas arancelarias, las empresas familiares y de pequeña y mediana dimensión se perderán y el mercado europeo ya no dispondrá de su ventaja de calidad al ser sometido a los productos estadounidenses con una alta competencia vía precios. La complicidad de la actual clase política para obtener el máximo resultado en el corto plazo hace pensar que esta derrota comercial la Europa.
Si la historia nos deja elementos para mejorar el camino para no repetir los errores en el futuro, el desafío del ALCA (y sobre todo los motivos que la llevaron a su deceso en el 2005, parece que ha enseñado muy poco a una Europa que vive cada día como un “deja vu” sin solución.

Por William Bavone
Adaptacion por Maximiliano Barreto

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