El regionalismo puede ser, sin dudas, un objetivo muy importante en clave estratégica, dado que permite alcanzar competencia mundial en base a la unidad de los países de la misma región. Por lo tanto, el regionalismo puede ser la base para adquirir un papel importante en la geopolítica global. Al mismo tiempo, un proyecto regional puede contribuir al desarrollo de cada país sin exigir una expoliación considerable de recursos. Sin embargo, para que la región crezca uniformemente, es importante que lo haga de manera autónoma y con un modelo político y económico propio, capaz de potenciar las características de cada país. Estos preceptos, lamentablemente, no se divisan en el modelo europeo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los países europeos aceptaron la ayuda económica de los  Estados Unidos cristalizada en el Plan Marshall. Este compromiso convirtió al continente en la frontera entre los EE.UU. y la URSS. Con el pasar de los años, se volvió necesario crear una región unida pero fiel a su gran aliado. En paralelo, durante la segunda mitad de la Guerra Fría, se produce otro acontecimiento fundamental en occidente: el esfuerzo conjunto de Ronald Reagan y Margaret Thatcher para impulsar el liberalismo económico. A partir de aquí, en todo el globo se hablará de globalización, es decir, de la ausencia de fronteras para la economía. La posibilidad de desarrollar el concepto de empresa multinacional en todo el mundo es el verdadero resumen de toda la ideología de la “Aldea Global”. Paradójicamente, la gran victoria del Reino Unido fue la promoción de la unión económica europea sin ser un actor parte de ella. De hecho, Inglaterra no es miembro de la moneda única, lo cual, es un factor importante dado que todos los países de la zona euro han renunciado a una gran parte de su soberanía mientras Londres conserva su independencia, y sobretodo la posibilidad de utilizar la política monetaria como una herramienta activa durante las crisis. Por otra parte, en 1992 con el Tratado de Maastricht se fueron definiendo los parámetros de dicha unión monetaria. El problema fue que las diferencias económicas y sociales entre los países europeos no se pudieron parametrizar y la solución fue la armonización de todos los países a los parámetros económicos de Alemania y Francia.

La introducción forzada de la moneda única no hizo más que acentuar las diferencias entre los países del sur (incluidos Italia y Grecia) y los países del norte. Para empeorar las cosas apareció el modelo del Banco Central Europeo, libre del control político y con capacidad de ejercer presión sobre los países. Es oportuno preguntarse en este punto ¿por qué se habla de la Troika al abordar el tema de las finanzas globales? porque el FMI, el BM y el BCE son tres organizaciones financieras capaces de decidir sobre el futuro de cada país. Tener una región sin poder y sin independencia, predispone a la misma a los sufrimientos estructurales internos como externos. Este fue el caso de la crisis financiera del 2008 que todavía hoy no termina de tener efectos negativos. El sistema financiero europeo está fuertemente conectado con el de los EE.UU. y la especulación financiera se mueve en todas las latitudes a corto plazo. En este plano, reaccionar es posible si se tiene la soberanía suficiente para aplicar las sanciones políticas y económicas necesarias. Como es evidente, esto en Europa no ocurre, sobre todo porque es el BCE quien detenta el poder y quien debe dar una respuesta a los mercados financieros que son los mismos que crearon la crisis.
Esta situación de subordinación se reproduce también en las relaciones con otras regiones, fundamentalmente, determinadas por los dictámenes del principal socio de Europa, es decir, los EE.UU. ¿Qué significa esto? Que cada país de Europa tiene que sacrificar sus tratados con otros países para alinearse a las estrategias de otro país. Por ejemplo, Italia tuvo que abandonar su colaboración con Libia, Irán y, hoy, con Rusia, comprometiendo cada vez más sus exportaciones, su importación de recursos energéticos y el control de las inmigraciones desde el sur del Mediterráneo. La estrategia para enfrentar esto, por el contrario, debe ser independiente y mirar al bienestar real del pueblo de cada país. Si Francia y Alemania continúan con el objetivo de alcanzar la hegemonía, perderán terreno todos los años y los países del sur sufrirán cada vez más al ser ya afectados por el modelo económico y político de Europa.
En este sentido tenemos que hacer una reflexión y abrir el debate en lo ideológico: en el modelo clásico de la democracia hace referencia a actores políticos que compiten, es decir, franjas que van desde la izquierda y a derecha. La izquierda tiene una visión recurrente que aspira al bienestar de los trabajadores y de la clase media-baja; la derecha, al contrario, si se abraza un concepto de libre mercado, mira al bienestar de los empresarios y de la clase medio-alta. El modelo clásico se ha visto muchas veces en la realidad. Por ejemplo, en Venezuela, como afirma el intelectual argentino Ciorasola, la democracia evolucionó con el ascenso de Chávez, desde la elección de un partido político hasta la elección de una persona. En este caso, es predominante el “personalismo”, es decir, el reconocimiento popular a un líder por sobre un partido o un programa político. Otro ejemplo lo vemos en los EE.UU.: durante la Guerra Fría la democracia evoluciona desde el modelo clásico hasta un modelo sin izquierda (es decir sin verdadera oposición ideológica). Lo mismo puede decirse de México y, como afirma el director de cine estadunidense Oliver Ston, en los EE.UU. los republicanos y los demócratas pertenecen al mismo color político. Hoy en vez, la nueva evolución parece ser la “economización de la política”, esto es, la pérdida de todo color político en favor de las finanzas y el direccionamiento del voto hacia las ofertas financieras y de intervención disponibles en el mercado neoliberal. Todo se realiza en función de la oligarquía financiera global, y en Europa esto es muy visible. Los mandatarios hablan con más frecuencia de lo financiero y cada vez menos de las necesidades verdaderas del país. Todos tienen como meta satisfacer a los acreedores mundiales y al mercado y, cuando hablamos de mercado, no lo entendemos como mercado de bienes, sino financiero. Vimos varios casos donde ante la quiebra de entidades financieras, los banqueros supieron ir a las ventanillas del Estado a buscar auxilio, hemos visto que el ajuste lo pagó la gente con su esfuerzo. En Europa particularmente, el hartazgo ha motivado el emerger de los movimientos de izquierda más radical o progresistas, u otros partidos híbridos son signos de resistencia al modelo neoliberal. Contamos con el ejemplo griego: el ascenso de Tsipras no ha obtenido por ahora el resultado esperado por el pueblo griego, porque el modelo europeo sigue encima de la soberanía de Atenas. Hace unos días, en la radio online EQradio.net, durante la transmisión GPS International, el Profesor Alberto Hutschenreuter indicó que la esperanza para Grecia puede ser la ayuda rusa. ¿Por qué? Grecia hoy tiene tres posibilidades:

  • Permanecer al interior de Europa aceptando cada imposición por la Troika;
  • Salir de la Europa y sufrir sola una guerra económica y financiera de la Troika;
  • Salir de la Europa y ponerse bajo de la economía rusa para defenderse de la Troika.

Sin embargo, al mismo tiempo, se puede afirmar que la salida de la Unión no significa una verdadera solución para todos los países. En verdad, se necesita una revolución del modelo donde la economía real de cada país tenga una reconsideración diferente, así como su sociedad y su cultura; y donde el diálogo con los EE.UU. exista, pero como socios comerciales y políticos como pudo lograrlo Argentina, Sudan o China y no como si fuera un vínculo con un superior que baja directrices.

Se trata de un tiempo de contexto global multipolar, donde el bloque comunitario ya tiene una edad de madures donde debería transitar solo. La aspiración por autonomía más real es ciertamente un pedido de la gente, y es positivo considerar que Europa es un tejido de instituciones que se hicieron pensando en la gente.

Por William Bavone – Parma – Italia
Analista Internacional – Autor del libro “Sulle Tracce Di Simón Bolívar” y “Le Revolte Gattopardiane”.

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