Venezuela no ha dejado de ser noticia. Aunque ni la inflación, ni la escasez de medicamentos y bienes de primera necesidad logran ya conmover al lector. Ni siquiera el pedido que durante el mensaje pascual realizó el papa Francisco para salir de la crisis política y humanitaria que oprime al país. Terminada la VIII Cumbre de las Américas, las exigencias a Maduro por parte de la región han sido exiguas: poco sobre el proceso electoral, nada sobre la crisis humanitaria. Sin embargo, Maduro ha dado un paso más allá, semanas atrás, y propuso un nuevo homenaje a Hugo Chávez: la construcción de una universidad de Ciencias Políticas con su nombre. Efectivamente, de Ciencias Políticas.

La política latinoamericana, históricamente, rebosa en ejemplos de tamaños homenajes: de estatuas a centros culturales, de provincias a universidades. Se impone la rendición del culto al líder. No debería sorprendernos, sino fuera por su persistente anacronía en el contexto real del país caribeño.

La encerrona del presidencialismo latinoamericano pareciera pivotear sobre una épica cuasi-religiosa, enalteciendo las virtudes del caudillo, hasta convertirlo en un semi-dios; olvidando su faceta humana, es decir, sus defectos. Las liturgias políticas llevadas a la calle con obediencia y fe. Porque la fe no se cuestiona. La verdad es una, no muchas.

El hilo invisible que nos recorre, que teje nuestra política está aquí: los políticos -de Perú a Brasil y de Argentina a Venezuela-, tienen una enorme deuda con la sociedad. La renuncia, hace un mes, del presidente de Perú por el escándalo de Odebrecht, la prisión de Lula da Silva por el Lava Jato, son solo ejemplos de una larga lista de corrupción e impunidad en la que mandatarios y ex mandatarios están profundamente involucrados.

La política democrática supone implícitamente el consenso, el diálogo, no la imposición. No hay adoctrinamiento para la vida democrática, hay ejercicio de la libertad responsable. El consenso en América latina se logra por la fuerza, no es una construcción conjunta. Los ciudadanos aprendemos de lo que vemos: no sabemos ponernos de acuerdo, no sabemos dialogar con respeto. Las grietas aparecen y se ensanchan por aquí y por allá.

En lugar de democracia de los acuerdos, de consensos, tenemos así una democracia que no acepta el disenso, que impone el silencio en lugar de la discusión de ideas. Nuestras universidades son testigos silenciosos de nuestra imposibilidad de aceptar el debate crítico. La crítica cuestiona la fe ciega en el líder. Cuando no hay educación, hay adoctrinamiento. Si la ciencia política está llamada a unir teoría con praxis: ¿serían los propios mandatarios alumnos o docentes?

La política peca de irresponsabilidad. Y esto depende de la fortaleza o no de la sociedad civil. Si esperamos políticos con soluciones providenciales, salvadoras, nunca saldremos del círculo del realismo mágico. La historia muestra que las sociedades con menores niveles educativos tienden a brindar mayor apoyo a soluciones autoritarias.

Por Dra. Constanza Mazzina
Ciencia Política en la Fundación UADE

Publicado originalmente en el periódico Clarín, en Buenos Aires, Argentina.

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