El Real Instituto Elcano viene desempeñándose como un think-tank de referencia mundial desde 2001, y como tal, se aferra a la premisa de dotar a sus estudios estratégicos e internacionales de una base multidisciplinar que acople la transversalidad derivada de poseer una identidad “española, europea y global”. De entre sus proyectos insignia, el Índice de Presencia Global es de los que reúne mayor notoriedad, no sólo por el recién estampado “sello de calidad” del Joint Research Centre de la Unión Europea o la fuerza divulgativa de su estructura, sino porque allana el terreno para futuras investigaciones acerca de la naturaleza y distribución cambiantes de la internacionalización y la evolución geopolítica, destacando su labor pionera en hacer tangible y cuantificable el concepto que Joseph Nye designase como poder blando –soft power-, allá por principios de los noventa. Javier Bordón Osorio comparte estas reflexiones luego de participar en la presentación en Madrid de la publicación del índice 2018.

El pasado jueves veía la luz uno de los puntos cardinales que ha pautado la rotación del Real Instituto Elcano en los últimos años, concretamente desde 2011. En un encuentro anual que ha ido adquiriendo la sacralidad de un ritual, arropado por investigadores, empresarios, miembros del elenco diplomático de varios países y prensa, ha sido presentado el nuevo Informe Elcano de Presencia Global que, por otra edición, nos descubre un jugoso formato para analizar la proyección de los Estados –y las regiones- en el escenario internacional, las tendencias en la preponderancia de unos instrumentos de política exterior respecto a otros, y hasta una mirada reveladora sobre el comportamiento al que se podría encauzar el proceso de globalización. Dejando a un lado percepciones y narrativas, argumentando sobre una metodología bien definida y ciñéndose a los números, accedemos a una clasificación de los que ya son protagonistas, los que aspiran a serlo y los que permanecen marginados o, quizás, ajenos a toda esta historia. Un total de 110 países para este año 2018, cumpliendo el objetivo de añadir una  nueva decena por cada nuevo informe.

En este sentido, el Índice Elcano de Presencia Global desglosa y ordena un conjunto de factores cuantitativos que, cuando agregados y ponderados, nos permite articular una visión buenamente completa para “detectar en qué medida los países están ahí fuera”, en palabras de Charles Powell, director del Instituto. Y por ende, jerarquizar su participación en los flujos globales, o dicho de otra manera, en un espacio exterior que queda científicamente acotado. Las variables recogidas se compartimentan en tres grandes dimensiones, cuyas alteraciones también arrojan claridad sobre la dirección a la que vira la estrategia política en las relaciones interestatales. Dimensiones militar, económica y blanda. La primera aglutina el número de efectivos desplegado en el exterior –por país- y el material castrense que posibilita lo anterior, haciendo especial énfasis en la sección naval. Por su parte, la órbita económica se refiere al intercambio de bienes y servicios y, con cierto valor añadido por su ausencia en otros estudios, al volumen de inversión directa. Y en lo que probablemente es su aportación más innovadora, la proyección blanda abarca las herramientas no coercitivas atribuidas a la cultura, ciencia, migración, turismo…

El indicador busca centrarse en la presencia efectiva de estas tres dimensiones a lo largo y ancho del globo, en lugar de en las capacidades existentes pero no necesariamente proyectadas hacia el exterior. Por ejemplo, el Estado de Israel, a pesar de poseer armamento nuclear y el ejército más tecnológicamente cualificado de Oriente Medio, gozaría de una proyección militar comparativamente tímida, pues la doctrina estratégica prima la seguridad interna y fronteriza. Así, el Índice Elcano aspira a ubicar el foco sobre la “existencia” de los Estados fuera del territorio nacional, reflejando, a menudo e indirectamente, la voluntad imperante en política exterior. Aunque igualmente podría generarse la dinámica opuesta, como sería el caso particular de Nigeria, estando entre la vanguardia de la presencia global del continente africano a raíz de su desafortunada frecuencia de apariciones en los medios de comunicación, impulsada por fenómenos como el terrorismo de Boko Haram y la debacle demográfica, así como por el cohete sin freno de la industria cinematográfica de Nollywood. Esta disparidad de comportamientos no afecta a los resultados del Índice, porque éste no mide el poder o la influencia. Es una distinción que hay que tener muy en cuenta.

La contribución específica de las dimensiones militar, económica y blanda al cómputo de presencia global plasma en gran medida la coyuntura geopolítica actual y su disimilitud respecto a la pujanza de cada mecanismo de política exterior en el inicio de la línea temporal asignada al Índice: el desenlace de la Guerra Fría en 1990. A día de hoy, la economía no acaba de recuperar el esplendor cinético con que orquestara las relaciones internacionales desde que Fukuyama anunciase “el fin de la Historia”, aunque sea indudablemente la mayor fuente de internacionalización, probablemente demostrando que los pronósticos de una economía mundial que reanuda el crecimiento aún son prematuros, no han tenido margen para generar efectos, o no está tomando el camino hacia una mayor interconectividad. Por el contrario, la dimensión blanda parece erigirse como el contrapeso que garantiza la estabilidad de los puestos en la clasificación, y prevé adquirir mayor relevancia en el futuro. Si bien, como resulta obvio, ambas dimensiones –económica y blanda- denotan fuertes correspondencias entre sí. En su caso, el aspecto militar es reseñable en dos cuestiones que podríamos malinterpretar como incoherentes por su carácter atípico: el top 20 congrega una notable cifra de países no occidentales, particularmente de África y Asia, en gran parte como reflejo de la inestabilidad  y la multiplicidad de misiones internacionales –MINURSO, MONUSCO, UNMOGIP, AMISOM, etc.- con personal provisto por los Estados vecinos. La ubicación en enclaves estratégicos y pugnas por la repartición de poder regional también han ayudado a ello. Asimismo, se ha registrado un ligero repunte de la presencia militar agregada en el mundo para 2016 y 2017, mientras que la tendencia dominante a partir de la disolución de los bloques hegemónicos ha venido siendo la desmilitarización. Quizás es muy pronto para lanzar afirmaciones, pero cada vez se torna menos discutible la escalada armamentística y el incremento exponencial de conflictos intraestatales con altas cotas de participación por actores externos, ¿es un indicio de que empieza a dominar el supuesto de un mundo gradualmente menos seguro?

 

El ranking de Estados de presencia global para el presente intervalo sugiere un afianzamiento de los cambios que van reorientando, con paulatina intensificación, los flujos globales hacia el Este, a medio camino entre el dominio incontestado de las potencias tradicionales y una sociedad internacional verdaderamente multipolar, o, al menos, con menor protagonismo occidental. No obstante, dicha consolidación bien podría estar traduciéndose en una fase de estancamiento, algo que se hace evidente en el valor de la presencia global agregada (indicador de la expansión o contracción del proceso globalizador), el cual se mantiene sustancialmente estable desde 2012. Consecuentemente, cabe esperar que Estados Unidos continúe liderando la lista más allá del medio plazo, China gane distancia en la segunda posición a través de unas esferas económica y blanda íntimamente conectadas, siendo insuficientes sus progresos en materia militar; y los países europeos vayan adentrándose en una reñida competencia con la emergente India, Brasil o Corea del Sur. El Estado español conserva su posición a las puertas del Top 10, con una dimensión blanda prominente en tanto que la cultura y el turismo representan activos de gran valor. Por su parte, Argentina acusa un declive continuado que ya es visible con el comienzo de siglo, situándose en el puesto 39º acorde con los últimos datos. Salvo excepciones, tales como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Brasil o México, los conjuntos de América Latina, Oriente Medio y África constituyen las regiones sistemáticamente marginadas de la globalización basada en la economía de mercado, en ese mismo orden. En el extremo opuesto, América del Norte, Europa y Asia Pacífico encabezarían la presencia hacia el resto del globo. El informe de 2018 dedica un epígrafe entero a la situación periférica de África, que cae en el escalón más bajo de todas las categorías, salvo un cuarto puesto –de seis- en el plano militar que implica un dudoso honor.

Independientemente del área regional, se repite un patrón en todas ellas que, de la manera en que lo insinúa el estudio, podría guardar relación con el que seguramente sea su hallazgo más relevante desde el punto de vista académico: la lenta regresión del espacio de política exterior, es decir, de la globalización. Y es que la presencia global se encuentra largamente concentrada en un número reducido de países, siendo nuevamente Estados Unidos el que capitanea con un aplastante 22,5%. La desigualdad se hace todavía más patente en la ordenación por regiones, donde Europa acumularía nada más y nada menos que el 40% de la ubicuidad global, acaso poniendo en entredicho el objetivo prioritario de una Unión Europea fortalecida en su faceta de actor político mundial, consensuado por sus dirigentes en la Declaración de Roma.

Históricamente, la sociedad internacional se ha compuesto de un estrecho grupo de miembros, y después del punto de inflexión de 1945, las oleadas de creación de Estados no dejaron de ver cómo sus alternativas de interacción quedaban supeditadas a su alineamiento con uno de los dos mundos –descontada la particularidad del Movimiento de Países No Alineados. Con el triunfo del orden liberal internacional, germina  el auge de la interdependencia económica que en las pasadas décadas alentó la extensión de los lazos y su dispersión. Pero nuestro decenio está siendo testigo impasible del encogimiento de la globalización económica, y por lo tanto, de una recondensación de las parcelas del espacio de política exterior en menos manos. Es factible que esta conducta esté dando un impulso a los intercambios a menor escala y fomente la cristalización de las divisiones macrorregionales, si bien el Índice Elcano aún carece de metodología para identificar por país los puntos del mapa en los que posan su presencia global. Sin embargo, podemos deducir una cierta correlación entre la dinámica ascendente de la esfera blanda y el aglutinamiento de la globalización. Pues aunque sea verdad que la primera viene subsanando el decrecimiento del espacio de política exterior, hay pocos Estados que gocen de holgadas ventajas en la proyección blanda con respecto a los demás.

A pesar de sus vacíos y limitaciones, los coordinadores del proyecto son absolutamente conscientes de aquéllos y se ahorran la formulación de conjeturas que todavía el Índice de Presencia Global no puede abordar. Pretende ser fuente de información, un enfoque singular y un punto de apoyo para el trabajo de otros. Así que, analistas e investigadores, no dejen de revisar este indicador que aporta una visión holística y evolutiva del protagonismo en el mundo.

Por Javier Bordón Osrio.
Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid
En Twitter: https://twitter.com/JavierBordonOs

Sobre el “índice de Presencia Global 2018” del Instituto Real Elcano

 

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