Las “nuevas” disrupciones geopolíticas en el mundo

Las “nuevas” disrupciones geopolíticas en el mundo

Cuando hace un cuarto de siglo se iniciaba un nuevo ciclo internacional, la mayoría de los expertos casi dejó de referirse a la geopolítica. Salvo contadas excepciones, la reflexión que asociaba intereses políticos y espacios geográficos como baza del incremento del poder nacional (otro concepto que entonces se abandonó) prácticamente quedó sin lugar en un nuevo orden internacional que parecía anteponer las instituciones y los principios del derecho internacional a la anarquía y las pugnas de poder entre Estados.
El efecto esperanzador que significó el final del régimen de la Guerra Fría fue de tal magnitud que la misma intervención de una coalición de casi treinta países para expulsar a Sadam Hussein de Kuwait fue mayormente interpretada como un acto fundacional de un orden en base al derecho, y no como una reacción de cuño eminentemente geopolítico, que lo era, pues, como observaron entonces algunos expertos, si ese acto de agresión interestatal de un Estado contra otro sucedía en un sitio “anti-geopolítico”, es decir, un lugar del globo en el que no estuvieran en liza intereses de actores mayores, muy difícilmente se habría formado semejante acuerdo para punir militarmente al agresor.
Más todavía, la propia globalización nunca fue reflexionada como régimen de poder sino como un proceso de oportunidades comercio-económicas para los países. En retrospectiva, pocas dudas quedan en relación a que se trató de una situación netamente geopolítica o post-geopolítica, pues la mentada globalización implicó una era de notable captación de espacios económicos nacionales por parte de potencias que, si bien no idearon la globalización, sí la promovieron y se favorecieron de ella.
Por otra parte, dicho clima esperanzador favoreció aquellas reflexiones o hipótesis que desnaturalizaron la geopolítica, convirtiendo a la “disciplina renegada” en una suerte de disciplina “a la carta”; es decir, cualquier situación (por caso, climática o financiera) se definía como geopolítica, o bien en una suerte de disciplina que presentaba enfoques en términos incuestionables (por caso, la “teoría del dominó”).

Pero la era de un mundo des-geopolitizado llegó a su fin ante la contundencia de hechos marcadamente geopolíticos con los que se inició el siglo XXI. En efecto, tanto la ampliación de la OTAN como los ataques perpetrados por el terrorismo transnacional en Estados Unidos y, finalmente, la afirmación de este país en el espacio del Golfo Pérsico y más allá, fueron hechos de intrínseca relación entre política y espacio geográfico.Hutschenreuter RADIO
Todos estos acontecimientos implicaron una dinámica o lógica que define a la geopolítica: intereses políticos volcados sobre espacios territoriales con fines corrientemente vinculados al fortalecimiento del poder nacional. Sin duda el más impactante ha sido el caso del terrorismo, pues no solamente se trató de un actor no estatal, sino que su accionar implicó un notable fenómeno de des-territorialización y re-territorialización. Es decir, el terrorismo “abandonó” su espacio tradicional de acción, Nor-Africa y Medio Oriente o la “media luna” que se extiende desde Líbano a Arabia Saudita, y, en respuesta a la política global de Estados Unidos, concentró sus planes y actividades sobre el mismo espacio nacional de esta potencia mayor; en otras palabras, deslocalizó y globalizó sus acciones (“glocalizó” sus actos, dirían los especialistas).
En los términos de los expertos, el 11-S fue la manifestación más concluyente de lo que denominan “yihad ofensiva”, que se distingue de aquella “defensiva” que los grupos terroristas desplegaban tradicionalmente en escenarios locales o regionales contra gobiernos apóstatas o centros occidentales.
En cuanto al desplazamiento de la OTAN al Este de Europa y la afirmación estratégica-militar de Estados Unidos en el vasto espacio que se extiende desde Arabia Saudita al Asia Central, claramente se trató de dos situaciones que guardan relación con políticas de maximización de poder y seguridad por parte de Occidente; “dividendos de la victoria” de la Guerra Fría en un caso y lucha global contra el terrorismo en otro, pero indisociables de la relación interés político-territorio.

Estas perturbaciones o disrupciones geopolíticas globales marcaron la primera década de la nueva centuria; y si bien algunas se mantienen, existen actualmente situaciones geopolíticas nuevas tan trascendentes como aquellas.
En primer lugar, el espacio Índico-Asia-Pacífico se ha convertido en el espacio de mayor crecimiento económico y prosperidad del globo, pero allí también existen disrupciones geopolíticas que pueden afectar sensiblemente la seguridad interestatal.
Si bien concurren en ese vasto espacio múltiples cuestiones que mantienen enfrentados a los Estados de la región, es sin duda en el Mar de la China Meridional (por el que transita casi la mitad de los bienes comerciales globales) donde más se concentran querellas y tensiones mayores.. En este espacio se identifica a China como el actor no solamente más ascendente de la región, sino que cada vez más resuena el interrogante relativo a si su ascenso será o no pacífico.
La pregunta resulta pertinente, pues la experiencia nos dice que rara vez el ascenso de un poder fue pacífico. Sin embargo, cada vez que se coloca a China como “el problema regional” se tiende a omitir que este país no registra un pasado como agresor externo, y que su ascenso como potencia no puede disociarse de la expansión de su segmento estratégico-militar (la experiencia no dice  nada sobre ascenso de “potencias civiles” en el orden interestatal) ni de  la preservación de sus espacios regionales de interés nacional.
Pero, por otra parte, China no solamente fortalece su instrumento militar en razón de su condición integral o inclusiva de potencia mayor y de los múltiples retos que mantiene con otros actores regionales, sino porque, según los términos de su nuevo enfoque estratégico, Estados Unidos se encuentra en un ciclo de intensificación de su poder político-militar en el espacio del Asia-Pacífico, espacio donde alcanzará su mayor despliegue para el 2020.
Según las palabras del ex secretario de Defensa Leon Panetta, para entonces “el acceso abierto a los derechos globales en los espacios oceánicos” (Índico y el Pacífico) se verá resguardado por un despliegue militar que comprometerá el 60 por ciento de la flota oceánica nacional, submarinos clase Virginia, aviones de combate F-22 y F-35, aviones de patrulla P-8, comunicaciones, misiles crucero, guerra electrónica y armas de precisión.

En breve, a la condición de “pacificador” o “tutor regional” (de Corea del Sur y Japón), Estados Unidos sumará la de “re-equilibrador” frente al ascenso y el desafío que implica principalmente China.
Otra disrupción geopolítica es la que acontece en Ucrania, como consecuencia no tanto de los propósitos de este país de acercarse a las estructuras político-económicas de la Unión Europea, sino de los propósitos de Occidente de continuar rentabilizando los dividendos de la victoria en la Guerra Fría.
Aunque este conflicto finalizó hace un cuarto de siglo, la continuidad de políticas de poder o de maximización de poder por parte del vencedor ha sido en gran medida la causa de la crisis actual en Ucrania. Sin considerar esta cuestión, el análisis de dicha crisis no sólo resulta incompleto, sino que las responsabilidades de la misma recaen sobre Rusia, que aparece así como una amenaza y hasta como un actor geopolíticamente revisionista.
Es posible que la gestión de la política externa estadounidense en clave pragmática difícilmente hubiera consentido la ampliación indefinida de la OTAN; es decir, se habría ajustado a los términos de un equilibrio geopolítico que no desafiara los temores protohistóricos de Rusia en relación a lo que esta potencia eminentemente terrestre considera retos mayores a su seguridad nacional: el asedio e incursión desde el exterior.
El curso de la crisis en Ucrania determinará en buena medida la estabilidad de las relaciones interestatales. En rigor, su no resolución ya afecta segmentos sensibles, por caso, acuerdos en relación con las armas nucleares y también armas convencionales. Pero la situación podría desmejorar peligrosamente si persiste una suerte de voluntad de suma cero basada en el irrespeto de lógicas geopolíticas.

Otra disrupción geopolítica tiene lugar en la “placa” de Oriente Próximo. Allí no solamente “ha regresado” el terrorismo, a la vez que mantiene su dimensión global, sino que se aprecian realidades que podrían perturbar sensiblemente la propia configuración espacial de la región.
En buena medida, la génesis y expansión geopolítica del Estado Islámico obedece al  colapso de las estructuras estatales en Irak, particularmente del Ejército y ex milicias, y, por supuesto, a las rivalidades inter-confesionales hacia dentro de los Estados y entre los Estados de la región.Kobani.3
Algunas fuentes (“The Economist”, por citar una de ellas) son escépticas en relación con las capacidades reales del Estado Islámico para vencer a sus oponentes zonales y extrazonales y proseguir hacia su meta geopolítica de alcance mayor, cual es la conformación de un gran espacio o Califato que reúna a todos los “musulmanes puros”, es decir, consagrados al rigor confesional que profesan e intransigentes con todo liderazgo desviacionista o apóstata que mantenga desunido y humillado al mundo musulmán.
Desde estos términos, y más allá del sus repudiables métodos como así de sus posibilidades de mantenerse, el movimiento yihadista radical es acaso la verdadera revuelta árabe, pues, a diferencia de los fracasados levantamientos nacionalistas de los últimos años, el Estado Islámico se propone un objetivo geopolítico que, de lograrse, implicaría el final de la arbitrariedad geopolítica con que los países de Occidente engendraron el fragmentado mapa de la región en tiempos de la Primera Guerra Mundial.
Finalmente, existen otras disrupciones geopolíticas que podrían precipitar crisis internacionales.
Por un lado, la relativa a la cuarta dimensión geopolítica pasible de proyección de poder por parte de los Estados: el espacio ultraterrestre. Si bien se trata de un “global común”, la relación cada vez más intrínseca entre despliegue de capacidades en el espacio y el poder nacional lleva a que el mismo sea enfocado en términos de seguridad, situación que explica la creciente militarización (que no es lo mismo que armamentización) del espacio y el despliegue de capacidades “anti-acceso” por parte de Estados Unidos frente a actores que, desde una concepción asimétrica de la guerra, puedan amenazarlo.
Por otro lado, prácticamente no existe zona marítima u oceánica del globo donde no se registren actividades de Estados preeminentes en relación con la exploración y explotación de recursos y los intentos de plantar soberanía. De nuevo aquí, el concepto de “globales comunes” se torna una formalidad frente a los propósitos y capacidades de aquellos. Si bien es cierto que el Ártico, el Golfo de Guinea, el Mar de la China Meridional y el Caspio aparecen como los espacios con mayor dinamismo, la proyección de países como China en dirección de espacios que tradicionalmente han sido “coto geopolítico” de Occidente, por ejemplo, el Atlántico Sur, ha resignificado estas áreas del globo.
En suma, como ocurriera durante la primera década del siglo actual, los principales acontecimientos internacionales de hoy son de naturaleza geopolítica. Sin duda continuarán siendo, incluso en la propicia situación de un orden internacional estable, pues, como afirmara Raymond Aron en su siempre vigente “Paz y guerra en el siglo XX”, “todos los órdenes internacionales han sido órdenes territoriales”.

Dr. Alberto Hutschenreuter
Director “Equilibrium Global”
Analista Internacional – Autor del libro “La Gran Perturbación & La política entre Estados en el Siglo XXI”.

Crisis en Ucrania: reflexiones desde los procesos, el poder y la geopolítica

Crisis en Ucrania: reflexiones desde los procesos, el poder y la geopolítica

La crisis en Ucrania debe ser analizada como un proceso, y no simplemente a partir de las relaciones entre los actores involucrados en el conflicto, si se desea contar con un diagnóstico más preciso de la situación actual y más amplio al momento de considerar tendencias. De otro modo se corre el riesgo de responsabilizar únicamente a un actor del deterioro de las relaciones internacionales o afirmar que se está ingresando a una nueva era de “neoimperialismo”. Se trata de un conflicto de naturaleza intraestatal pero también interestatal en el que el factor geopolítico resulta clave. Según el autor, esto no significa el regreso de la geopolítica porque la disciplina “nunca se fue”: ni cuando desapareció la pugna entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética, ni durante el “régimen de la globalización” ni en tiempos de la hegemonía estadounidense posterior al 11-S. Es interesante destacar el papel de los países de América Latina ante un acontecimiento internacional de escala como la anexión de Crimea por parte de Rusia, que dejó en evidencia las contradicciones existentes en la región y puso a prueba sin éxito la capacidad real de complementación de los gobiernos.

Introducción
-Trasfondo de la crisis en Ucrania: la importancia de considerar los procesos y las políticas de poder interestatal
-Proceso y dinámica geopolítica
-¿Neoimperialismo ruso con Putin?
-Conclusiones, tendencias y agenda (breves apreciaciones sobre el derecho, la UE, América Latina, etc.)

La mayoría de los análisis relativos a la crisis actual en Ucrania están centrados en el presente de las relaciones entre los actores involucrados en dicha crisis. Sin embargo, si la crisis ucraniana no es abordada en clave de proceso, difícilmente se podrá contar con un diagnóstico más preciso en relación con la situación actual, y, por consiguiente, más amplio al momento de considerar tendencias. En otros términos, es cierto que el conflicto actual se inicia como consecuencia del interés de Occidente en atraer a Ucrania hacia sus espacios o entidades económicas, e incluso extender a ese país su cobertura política-militar. También es cierto que la decisión (a manera de respuesta) por parte de Rusia de anexar Crimea, como el despliegue de una activa política externa frente a lo que considera un reto a sus intereses nacionales, han operado como factores de escalada de dicha crisis. Pero si estas evidencias no son apropiadamente reflexionadas desde un marco más amplio e incluyente de otras apreciaciones, asociadas al desenlace del conflicto bipolar hace más de dos dé- cadas, se corre el riesgo de realizar lecturas parciales o mal orientadas del conflicto, por caso, responsabilizando únicamente a un actor del deterioro de las relaciones internacionales o afirmando que se está ingresando a una nueva era de neoimperialismo.Hutschenreuter RADIO
Por ello, en las siguientes páginas intentaremos describir (e incluso en parte explicar) la crisis en Ucrania, abordando las relaciones internacionales (o más apropiadamente interestatales) desde un marco teórico que siempre se plantea interrogantes (sobre lo que sucede) desde un patrón relacional entre los actores del orden internacional, es decir, desde la percepción de poder que tienen los Estados entre ellos, en el contexto de un escenario mundial carente de autoridad central. Claro que ello no implica soslayar el modelo institucional en dicho orden, esto es, el que asigna un grado de incidencia importante al derecho internacional y las instituciones intergubernamentales; aunque esta crisis, como así otras que tienen lugar en distintas placas geopolíticas del mundo, en particular las que acontecen en el espacio Índico-Asia-Pací- fico y Oriente Próximo, han dejado en evidencia su devaluación e incluso irrelevancia. No obstante, sí podemos efectuar una valoración de lo sucedido desde el derecho internacional, algo que es de suma importancia para aquellos actores anémicos o laterales del orden (en palabras de Tucídides, no aquellos que hacen lo que pueden sino aquellos que sufren lo que deben). En nuestro intento podremos corroborar que aquellas hipótesis o imágenes relativas al porvenir del orden internacional que prescindieron de la geopolítica, no estuvieron a la altura de los acontecimientos; precisamente, por desestimar una disciplina indispensable para analizar las crisis internacionales de ayer, de hoy y de siempre. Contrariamente a lo que vienen advirtiendo varios expertos en relación con el regreso de la geopolítica a partir de crisis en las que la relación intereses políticos-espacios geográficos resulta concluyente, es necesario adelantar que esta disciplina nunca se fue: ni cuando desapareció la pugna entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética (con la que se identificó casi íntegramente a la geopolítica), ni durante el régimen de la globalización ni mucho menos en tiempos de la hegemonía estadounidense pos 11-S. Por último, la crisis en Ucrania nos permite (en rigor, nos exige) considerar el pulso de los gobiernos latinoamericanos en relación a la misma. En alguna medida, la tensión ha reactivado el interés en las cuestiones internacionales, dato que puede estimarse positivo, pues aunque las crisis mayores que suceden en el mundo parecen ocurrir lejos de la región, una lectura calibrada de ellas no sólo evidenciará que están más cerca de lo que suponemos, sino que pueden llegar a afectarnos del modo menos pensado.

Trasfondo de la crisis en Ucrania: la importancia de considerar los procesos y las políticas de poder interestatal
Desde la perspectiva de los acontecimientos, la crisis actual en Ucrania se inició en noviembre de 2013, cuando la interrupción de las negociaciones de un acuerdo de asociación comercial con la Unión Europea provocó un levantamiento contra el gobierno encabezado por Viktor Yanukovich: deseosos de apartar a Ucrania de la esfera de influencia de la Federación Rusa y de acercar al país euro-oriental a las instituciones comercio-económicas e incluso al espacio político-militar de Europa, los insurgentes hicieron sentir su descontento en Kiev (principalmente en la Plaza de la Independencia (Maidán Nezalézhnosti en idioma nacional, de donde precisamente proviene el nombre del movimiento, Euromaidán) como así en distintas zonas occidentales y centrales del país; es decir, en la Ucrania geopolítica, geocultural y geoeconómicamente reluctante a continuar la historia junto a Moscú. Siempre desde aquella perspectiva, la radicalización del movimiento entre enero y marzo de 2014 acabó por lograr lo que desde las revueltas árabes de Tunez y Egipto los politólogos denominan golpes de la calle, esto es, el alejamiento del cuestionado mandatario ucraniano y su reemplazo por una administración interina encabezada por Oleksandr Turchínov. El 11 de marzo sucedió lo que podríamos considerar un punto de inflexión en la crisis: el Parlamento de Crimea y el ayuntamiento de Sebastopol aprobaron su independencia y solicitaron su adhesión formal a la Federación Rusa, medida que fue seguida de un referéndum que sentenció concluyentemente las declaraciones conjuntas de independencia. Posteriormente, a través de las instituciones rusas correspondientes, Rusia procedió a incluir bajo su soberanía a los nuevos espacios federales. Desde entonces y hasta el presente, a pesar de un acuerdo de principios de septiembre, la situación en Ucrania es tensa, persistiendo el riesgo de que nuevas Crimeas en la zona oriental del país acaben por fragmentar el país. Esta breve descripción de los acontecimientos en clave coyuntural nos dice muy poco sobre las causas de una crisis que de no hallar una solución negociada podría, dada la magnitud de los actores involucrados y los intereses en liza, terminar afectando sensiblemente la estabilidad de las relaciones interestatales; de hecho, algunos segmentos ya está sufriendo efectos, por caso, los convenios relativos a armamentos estratégicos Las causas de este conflicto van más allá de la protohistórica rivalidad ruso-ucraniana y de los deseos de los ucranianos del Oeste del país por ser parte de la civilización europea, para expresarlo en aquellos términos que señalan las fracturas entre civilizaciones como la raíz de las confrontaciones en el siglo XXI.1 Para comprender este conflicto debemos considerar el desenlace de la Guerra Fría, es decir, debemos describir, desde lógicas de poder, el proceso que siguió al final de esta singular confrontación que encapsuló las relaciones internacionales a su propia dinámica por casi medio siglo. Entonces, la dirigencia de la naciente Federación Rusa encabezada por el presidente Boris Yeltsin y el joven canciller Andrei Kozyrev consideró que la única posibilidad que tenía el país para lograr rápidos resultados (centralmente) económicos era asociándolo estratégicamente con Estados Unidos. Para los funcionarios que estaban al frente del comando diplomático de Rusia, durante el siglo XX el país había sufrido procesos de metamorfosis que convirtieron a Rusia en una aberración, sobre todo cuan-do se produjo el tránsito de la autocracia zarista al totalitarismo soviético. Por ello, para evitar y desterrar la posibilidad de una nueva transformación y llegar a ser un país normal, Rusia debía abandonar toda pretensión de excepcionalismo o de destino manifiesto que acabó pervirtiéndola, y anclar sus relaciones al mundo occidental. Más todavía, para el canciller Kozyrev y sus consejeros, el intento soviético por modificar el rumbo de la historia no sólo ocasionó costos humanos y materiales y sumió al país en una prolongada era de desórdenes, sino que interrumpió un proceso de convergencia entre Rusia y Occidente. Por tanto, la única chance para sobrevivir que tenía Rusia consistía en retomar y profundizar aquella convergencia interrumpida por el vendabal soviético.2

Esta necesidad de sujetar a Occidente las relaciones exteriores de Rusia estuvo acompañada de una curiosa interpretación de la dirigencia rusa en relación con el desenlace de la Guerra Fría: Boris Yeltsin (al igual incluso que el ex presidente de la URSS, Mijail Gorbachov) creyó haberse unido a Estados Unidos en calidad de vencedores de la Guerra Fría pues ambos habían derrotado a la Unión Soviética, en tanto consideraban que el comunismo fue algo malo para ese país y, en especial, para Rusia. Sin duda, se trató de una extraña (y perniciosa) concepción de victoria.3 Desde estas singulares consideraciones, durante los años 1992-1994 Rusia prácticamente subordinó buena parte de sus intereses nacionales a la profundización de la relación con Occidente. Fue un período durante el cual Rusia no fue Rusia, si consideramos que nunca en su historia Rusia mantuvo un patrón de confianza casi emotivo con otro actor preeminente del orden interestatal,4 al punto que ello la llevara a defender cuestiones internacionales loables, por caso, los valores de la humanidad, aunque de casi nula relación con el amparo y promoción de sus intereses nacionales. Pero mientras el enfoque externo ruso apostaba casi ciegamente a una relación de confianza e igualdad estratégica, Estados Unidos (el único vencedor de la Guerra Fría) mantuvo una política de poder más allá del final de la contienda En otros términos, para Washington el final de la Guerra Fría implicó terminar con la URSS pero no con su continuación, la Federación Rusa. Por ello, desde el mismo final de la pugna se propuso rentabilizar su victoria para evitar que, tarde o temprano, una restaurada Rusia volviera a cuestionar a Occidente. Varias fueron las políticas (primordialmente blandas) con las que Estados Unidos se propuso mantener a Rusia en una situación de impotencia y lateralidad en el orden interestatal: desde alentar un modelo de economía extraña para Rusia hasta convenios de desarme adversos para la ex superpotencia, pasando por anunciar la ampliación de la OTAN al Este de Europa. Rusia advirtió que su política exterior sentimental resultaba funcional para los intereses de Occidente (el mismo Yeltsin se refierió a que las intenciones expansionistas de la OTAN estaban creando una atmósfera de paz fría entre ambos actores). Pero el estado de debilidad general de Rusia solamente permitió manifestaciones que no fueron más allá de la retórica. En 1999 la OTAN finalmente se amplió, acontecimiento que, junto con la adopción de un Nuevo Concepto que habilitaba a la Alianza a intervenir en conflictos fuera de área, alarmó a Rusia. La llegada de Putin al poder en 2000 abrió una nueva etapa para Rusia en relación con la política de poder que desde el final de la Guerra Fría se ejercía contra ella. Desde entonces, y en buena medida gracias al sensible mejoramiento del precio de los productos de exportación clave del país, Rusia se fue reordenando hacia dentro y reconstruyendo poder hacia fuera. No obstante este cambio y recuperación de deferencia internacional, Occidente continuó ejerciendo políticas dirigidas a debilitar o restringir el margen de recuperación de poder por parte de Rusia. Proceso y dinámica geopolítica En 2004 se produjo una segunda ampliación de la OTAN al Este de Europa, hecho que afectó sensiblemente el tradicional sentido de fatalidad geopolítica de Rusia. En efecto, esta segunda ampliación de la OTAN (o tercera si consideramos que la unificación de Alemania implicó una primera ampliación) desmoronó cualquier esperanza de Moscú en relación a posibles escenarios geopolíticamente favorables a Rusia, por caso, neutralidad de algunos países eurocentro-orientales o exclusión de fuerzas militares extranjeras en los países bálticos; por tanto, la tradicional zozobra geopolítica zaro-soviético-ruso de enclaustramiento se acentuó, pues las barreras que implicaban el acceso de Rusia al Atlántico Norte a través de los estratégicos pasos marítimos de Skagerrak y Kattegat (rodeados por países de la OTAN), pasaron a localizarse ahora en los espacios terrestres de los miembros bálticos de la OTAN. Es importante destacar que para Rusia el acercamiento de la OTAN a su espacio nacional es un reto de escala mayor, pues se trata de un reto que deja en descubierto la debilidad territorial (en la que no siempre se repara) de este extensísimo actor. En efecto, a primera vista se destaca su vastedad territorial sin igual, condición que hace de este actor un singular Estado-continental, para utilizar la categoría de Ratzel. Sin embargo, dicha vastedad geográfica ha implicado una fatalidad geopolítica prácticamente insalvable. En su reciente y pertinente trabajo La venganza de la geografía, el estadounidense Robert Kaplan nos recuerda que la inseguridad es el sentimiento ruso por excelencia;5 y esa inseguridad está relacionada con lo que aparenta ser un activo mayor del poder nacional de Rusia: el territorio. Las concepciones geopolíticas tradicionales consideran que los poderes preeminentes continentales que no cuentan con grandes espacios marítimos u oceánicos como amparo frente a otros poderes desarrollan una fuerte percepción de inseguridad. En este sentido, a diferencia del espacio territorial de Estados Unidos guarecido en la seguridad que siempre le proporcionaron los océanos, el espacio netamente terrestre de Rusia, es decir, sin mares que lo preserve, siempre implicó para este país una debilidad que afectó su condición de inexpugnable derivada de la profundidad territorial. El almirante Alfred Mahan fue uno de los geopolíticos que como nadie supo advertir esta situación geopolítica rusa que combinaba, al mismo tiempo, fortaleza y debilidad: en efecto, Rusia era un poderío terrestre sin igual, pero se encontraba rodeado por poderes marítimos: Inglaterra, Japón, Estados Unidos, etc., que no solamente podían contener sus pulsos expansionistas, sino adentrase desde sus vulnerables periferias (como de hecho ocurrió tras la Revolución Soviética, cuando aún no se había desarrollado el penetrante poder aéreo). Desde esta singularidad geopolítica, de poder ser atacada desde todos lados según un geopolítico británico, Rusia históricamente sólo conservó dos opciones: conquistar o ser conquistada, opciones que, siguiendo al célebre experto estadounidense del poder naval, obligaron a los zares a asumir una permanente posición defensiva que no implicaba una actitud estática frente al invasor, sino el despliegue o adelantamiento preventivo a fin de preservar la supervivencia del Estado. En buena medida por ello, el sentimiento de inseguridad de Rusia ha llevado a expertos a concluir que no habría sido tanto la lateralidad del país en relación a los acontecimientos europeos mayores que supusieron una evolución hacia la modernización lo que retrasó a Rusia sino el anclaje a una inalterable condición geopolítica que mantuvo a sus dirigencias en consagración permanente a la preservación de su totalidad territorial.6 La construcción de poder nacional durante el período Putin (2000-2014) permitió que Rusia planteara un enfoque no ya retórico a este reto mayor a sus intereses nacionales, sino más vigoroso y con resultados: en agosto de 2008 movilizó su instrumento militar en el Cáucaso, evitando lo que podría haber significado el primer impacto geopolítico. En Georgia, Rusia recurrió a la técnica de poder más riesgosa pero también más concluyente en relación con el logro de resultados favorables, la guerra. En efecto, desde entonces la OTAN no volvió a expandirse, hasta que los sucesos descriptos al inicio de este trabajo resituaron la posibilidad de ampliación de la OTAN al Este del Este de Europa o, dicho de un modo que nos permita cambiar la perspectiva, al Oeste inmediato de Rusia.

¿Neoimperialismo ruso con Putin?
Más allá de lo dicho desde las reflexiones que consideran lógicas de poder y lógicas centralmente geopolíticas, es necesario agregar que la reacción de Rusia ante la posibilidad de un nuevo movimiento de piezas por parte de la OTAN implicó, lisa y llanamente, la anexión de un espacio nacional. La cuestión de Crimea y la denominada guerra híbrida en Ucrania han colocado a Putin como un mandatario cuyos ines apuntan a la restauración imperial de Rusia; es decir, un líder como de costumbre al frente de Rusia. Un líder que no acepta el pluralismo geopolítico, esto es, entre otras, las decisiones independientes por parte de las ex repúblicas soviéticas. Más aún, Putin es señalado como casi el único responsable de la crisis actual (más allá de la cuestión local-regional que implica Ucrania, también conviene recordar que Rusia fue -y es- considerada responsable de frenar todo intento de la comunidad internacional, es decir, Occidente, de intervenir en Siria para salvaguardar los derechos del pueblo sirio). Para responder a estas cuestiones es necesario considerar la descripción que hemos realizado antes considerando el factor proceso como ineludible antesala de la crisis en Ucrania. La misma intenta dejar en claro que Rusia y Estados Unidos mantuvieron enfoques externos opuestos que, en los hechos, implicaron maximización de poder relativo por parte de uno y debilitamiento de poder por parte de otro. Desde estos términos, ¿ha sido realmente Rusia la que no respetó el pluralismo geopolítico? ¿Puede considerarse que la mantención de la OTAN una vez desaparecida la confrontación bipolar y su posterior ampliación hasta los lindes de Rusia fue y es un caso de pluralismo geopolítico? ¿Puede aceptarse como pluralismo geopolítico que eventualmente la OTAN se sitúe a pocos cientos de kilómetros de espacios nacionales sensibles de Rusia, por caso, Volgogrado? ¿Es posible que un poder preeminente como Rusia desestime la geopolítica cuando esta disciplina no es desestimada por otros poderes preeminentes? ¿Es pluralismo geopolítico apartar Ucrania de Rusia, empujando a este país a una condición geográfica asiática y no euroasiática? ¿Es un caso de deferencia geopolítica por parte de Occidente excitar el tradicional sentido ruso de asedio?7 Podríamos continuar tratando de responder desde los interrogantes si la Rusia de Putin es un actor que plantea políticas de cuño revisionistas o neoimperialistas.Rus LAVR
De lo que sí podemos estar seguros es que, si finalmente el conflicto en Ucrania se resuelve en términos desfavorables para Moscú, es decir, Ucrania es apartada de la esfera de influencia de Rusia y pasa a ser parte integrante de las entidades económicas y estratégicas de Occidente, Putin será a Rusia lo que fue Gorbachov a la Unión Soviética, esto es, no será responsable de la desaparición de Rusia, claro, pero sí será el dirigente ruso responsable de que Rusia vuelva a quedar geopolíticamente indefensa, aislada y con amenazas inmediatas en su frontera Oeste, prácticamente como lo estaba a principios del siglo XVII. En otros términos, de evolucionar la crisis en Ucrania en direcciones opuestas a una posible condición política-nacional de neutralidad o bien conservando lazos con Moscú, Putin habrá sido el dirigente ruso que no logró impedir que Rusia marchara hacia una nueva era de tumultos geopolíticos.8 En breve, podríamos decir que Putin es un líder conservador, no un líder transformador como lo fue Yeltsin o el propio Gorbachov, más allá de los resultados. Tanto en clave doméstica como exterior, Putin implica un ejercicio de liderazgo no revolucionario sino, por el contrario, un liderazgo clásico discernible en cualquiera de los líderes rusos e incluso soviéticos: fortalecimiento del Estado, acumulación militar, promoción de diseños geopolíticos, geoeconómicos y geoculturales propios, evocación del heroísmo y patriotismo, política exterior activa, etc. La cuestión relativa a diseños geopolíticos, geoeconómicos y geoculturales con base local implica, básicamente, el retorno a patrones euroasiáticos o eurasianistas que datan de fin s del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Tal retorno no es una novedad, pues ya en tiempos de Evgueny Primakov, primero como canciller y luego como primer ministro, se planteó la necesidad de crear un gran espacio euroasiático como respuesta a la política de poder que Occidente desplegaba ante Rusia. Como hemos dicho antes, el estado de debilidad y contracción geopolítica de Rusia tornó difícil efectivizar este tipo de concepciones. Cuando Rusia reconstruyó poder, a partir de la llegada de Putin, la vieja idea de crear un gran espacio entre múltiples actores adyacentes de Rusia e incluso no adyacentes reluctantes a un orden internacional con base en Occidente, retornó a la agenda geopolítica de Moscú. La crisis en Georgia y ahora la de Ucrania potenciaron la necesidad de configurar un bloque euroasiático. No obstante la voluntad rusa por construir un espacio que pluralice o sea una alternativa a un orden internacional pro polar, es importante destacar que algunas repúblicas ex soviéticas han mostrado reservas de ser parte de tal bloque, en tanto otras han rechazado la idea: En efecto, los ex países soviéticos temen que el impulso eurasianista conlleva una ló- gica de restauración de la predominancia rusa sobre sus espacios extranjeros cercanos.

Conclusiones, tendencias y agenda (breves apreciaciones sobre el derecho, la UE, América Latina, etc.)
En suma, la crisis en Ucrania es de naturaleza intraestatal pero también interestatal. Si bien la historia de Ucrania es casi la de una permanente confrontación y levantamiento frente a Rusia, la lógica de poder interestatal como así el factor geopolítico es clave para abordar dicha crisis. No se puede analizar la crisis sin considerar el proceso de las relaciones entre Occidente y Rusia después del desplome de la URSS. El final de la Guerra Fría no implicó que Estados Unidos dejara de considerar a Rusia en términos de una futura amenaza. Por ello, mantuvo políticas de poder que tuvieron en la ampliación de la OTAN el principal instrumento en relación con restringir las posibilidades de reemergencia del poder de Rusia. El intento de incorporar Ucrania a las entidades económicas y militares de Occidente bien puede ser considerado la instancia final de aquellas políticas de poder vigentes hace casi un cuarto de siglo. Es decir, en tal caso Rusia volvería a encontrase en una situación de encerramiento y asedio, esto es, el entorno geopolítico protohistóricamente más sufrido y temido por Rusia.9 En tal situación, si bien conservaría otros activos políticos y militares mayores, Rusia perdería el activo que tradicionalmente ha hecho del país un actor territorialmente resguardado por países más o menos descontentos por tenerlo como país contiguo, pero constreñidos a ejercer por ello una política externa y de defensa basada en la cautela y la deferencia, lo que en modo alguno significa que estos países dejen de ser autónomos (¿o acaso Finlandia carece de autonomía por ello?). Posiblemente el camino de salida de la crisis en Ucrania requiera que este país no forme parte de ninguna estructura económica y de seguridad, sino que, considerando su condición de Estado-pivote por su singular pertenencia geográfica, necesariamente deba adoptar una estructura federal que remplace la unitaria actual, e internacionalmente asuma una condición neutral.10 Aunque es difícil que la situación evolucione hacia dicho escenario, pues ello requerirá que Occidente desestime sus esfuerzos por proseguir políticas de poder, lo que redundará en ganancias de poder para Rusia, prácticamente no se aprecia otra salida. Es necesario aquí recordar un dato de naturaleza geoeconómica que no siempre es destacado cuando se aborda el análisis del conflicto y se defiende la conveniencia de Ucrania de incorporarse a las entidades económicas de Occidente. Antes que se produjera la crisis en Ucrania, el comercio de este país estaba orientado mayormente hacia el espacio de la Comunidad de Estados Independientes (CEI). Rusia acapara casi el 25 por ciento de las exportaciones de Ucrania, sin considerar los fuertes vínculos industriales que existen entre estos dos países, por caso, en materia aeroespacial.11 Si a ello se suman los mercados de Bielorrusia y Kazajastán, la dependencia de Ucrania en el segmento comercial llega casi al 60 por ciento. Por otra parte, Ucrania depende del gas ruso, y por su territorio transitan (por el gasoducto Soyuz) los 175.000 millones de metros cúbicos diarios que llegan a los países de Europa, algunos de los cuales dependen en su totalidad del suministro ruso. Finalmente, otro dato no siempre destacado: aunque los países de la Unión Europea defienden la soberanía de Ucrania para elegir el bloque al que de-sea pertenecer, no todos están convencidos de una eventual inclusión, puesto que el fuerte segmento agropecuario del país del Este de Europa podría implicar un factor de competencia para el privilegiado sector europeo no urbano. El conflicto en Ucrania ha evidenciado su firme condición sub-estratégica, puesto que su falta de autonomía estratégica-militar y el ascendente del pacificador americano (para usar la expresión de John Mearsheimer) en el continente han colocado a los países europeos en una comprometida situación que, si prosigue, exigirá que Ucrania sacrifique los vínculos comercio-económicos con Rusia, y, algo que los países europeos casi habían descartado desde el momento que decidieron adoptar un libreto estratégico ajeno, volver a mantener tensiones con Rusia.12 Si el conflicto permanece indefinido o, peor, escala,, las consecuencias para el orden internacional serán deletéreas: de inestabilidad creciente, pues las relaciones entre los poderes preeminentes dificultarán avanzar en necesarios acuerdos en segmentos clave para la seguridad internacional, por caso, el relativo a las negociaciones de armas estratégicas; pero también se verán resentidos los esfuerzos de la comunidad internacional frente a conflictos intraestatales e interestatales, amenazas de Estados-armas, etc. Asimismo, un escenario basado en la continuidad de la situación profundizará una de las principales tendencias internacionales de nuestro tiempo: la irrelevancia de las organizaciones intergubernamentales y del alcance del derecho internacional. Este es un punto crítico, pues la situación que finalmente acabó con la separación de Crimea de Ucrania y su incorporación a la Federación Rusa dejó en evidencia la complejidad y controversia de la dimensión jurídica en cuestiones en las que se ven involucrados intereses de actores preeminentes. Es prácticamente indiscutible que en Crimea se ha violentado el principio de integridad territorial. Hubo consideraciones respecto a la aplicación del derecho de autodeterminación de los pueblos, pero ello era prácticamente imposible, pues este derecho, como bien se señaló, solamente puede ser aplicado en relación con los presupuestos de la ONU en aquellos casos de descolonización.Crimea RUS
Asimismo, en Crimea dicho principio tampoco podía considerarse aduciendo violaciones graves o crímenes sufridos por la población. Por consiguiente, una vez más se ha impuesto por sobre el derecho la política de hechos ejecutados, es decir, una política basada en la predominancia de la prevención en base al poder por sobre la prevención en base al derecho. Si había de existir una solución al problema relativo al deseo de Crimea de dejar de formar parte del territorio nacional ucraniano, la misma debía ser resultado de una negociación inclusiva, esto es, entre todas las partes. Pero, como lo demostró el inmediato precedente en Kosovo, rara vez se alcanzan resultados en base a la pluralidad pues, entre otras realidades, los actores preeminentes no ceden decisiones a otros, mucho menos a organizaciones intergubernamentales, cuando en liza se hallan intereses propios. Por último, es interesante destacar el papel de los países de América Latina en relación a Crimea, puesto que los posicionamientos de los mismos dejaron en evidencia las contradicciones que existen entre los países de la región cuando un acontecimiento internacional de escala, en este caso, la anexión de Crimea por parte de Rusia, pone a prueba el estado de situación respecto de la complementación internacional en la región. Considerando que el principio de no intervención en los asuntos internos de un Estado, uno de los grandes principios del derecho internacional, nació en el seno de la comunidad latinoamericana hace más de 80 años, resulta por demás llamativo, como lo demostró la votación de la resolución 68/262 de la Asamblea General de la ONU sobre la integridad territorial de Ucrania, que dicho principio no fuera defendido en clave colectiva sino de acuerdo a clivajes político-ideológicos y enfoques que anteponen a las crisis internacionales las relaciones y enfoques particulares respecto de Estados Unidos. El hecho es preocupante, pues la región ha vuelto a demostrar (como lo hizo hace unos años cuando se produjo una seria crisis entre Ecuador, Colombia y Venezuela como consecuencia de la decisión de las autoridades de Colombia de incursionar en territorio ecuatoriano para combatir a la insurgencia) que las lógicas soberano-nacionales predominan por sobre imperativos patrones de afirmación colectiva regional. Si algo nos enseña la crisis en Crimea, es que las cuestiones relativas a la afirmación de intereses, la autoayuda nacional y la contundencia de la geopolítica continúan estando en el vórtice de las relaciones internacionales. La crisis ha llevado a que se vuelva a valorar a esta disciplina, la geopolítica pues desde hace tiempo algunos ex funcionarios y expertos de la región, por citar algunos, Nelson Jobim, Helio Jaguaribe, etc., vienen advirtiendo sobre retos que pueden llegar a afrontar los actores latinoamericanos, sobre todo aquellos que han depreciado sus instrumentos de poder nacional, derivados de concepciones de cuño geopolítico que se elaboran en alianzas políticas-militares o en centros de reconexión estratégica. En cuanto al lote de los BRICS, lo más importante que podemos destacar en relación a la crisis en Ucrania es la excesiva valoración que se tiene del mismo en relación al verdadero alcance de sus políticas frente al orden internacional. Básicamente, si este conglomerado de actores de muy diferente poder entre sí aspiran a influir en el orden internacional, sus decisiones de escala deberán ir bastante más allá de voluntarismos e iniciativas como la creación de una entidad para el fomento del desarrollo.

Por Dr. Alberto Hutschenreuter
Analista Internacional – Académico – Director “Equilibrium Global”.

Artículo publicado en la revista “Nueva Sociedad” de la Fundación Friedrich Ebert
http://www.nuso.org/upload/articulos/Crisis%20en%20Ucrania%20-%20Alberto%20Hutschenreuter.pdf

Fuentes:

  1. Más que a aquellas hipótesis recientes sobre choques entre civilizaciones, consideramos aquí las concepciones elaboradas en el siglo XIX por filósofos como Nicolás Danilevsky; ver: Pitirim A. Sorokin, Las filosofías sociales de nuestra época de crisis, Aguilar, Madrid, 1966, p. 77.
  2. Andrei Kozyrev, Russia: A Chance for Survival, Foreign Affairs, Volume 71, Nro. 2, 1992, pp. 1-16
  3. Ver: Hélène Carrère d’Encausse, Victorieuse Russie, Fayard, París, 1992.
  4. Alberto Hutschenreuter, La política exterior rusa después de la Guerra Fría. Humillación y reparación, Areté Grupo Editor, Buenos Aires, 2011, p. 163.
  5. Robert Kaplan, La venganza de la geografía. Cómo los mapas condicionan el destino de las naciones, RBA Libros S. A., Barcelona, 2013, p. 204.
  6. Alberto Hutschenreuter, Rusia y Ucrania: ¿atrapadas en la geopolítica? En: La gran perturbación. Política entre Estados en el siglo XXI, Editorial Almaluz, Buenos Aires, 2014, pp. 138-143.
  7. Se sugiere consultar el reciente trabajo de John Mearsheimer, Why The Ukraine Crisis Is the West’s Fault The Liberal Delusions That Provoked Putin, Foreign Affairs, Volume 93, Number 5, September-October 2014, p. 77.
  8. En Rusia la expresión tumulto o desorden alude a situaciones o períodos de disputas internas de poder que sucedían en simultáneo con retos provenientes del exterior. Se registran los años finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII como el comienzo del período de los desórdenes, cuando, tras la muerte de Iván IV el Terrible, el país cayó en la anarquía, sobrevino una etapa de hambruna, al tiempo que tropas polacas ocuparon Moscú.
  9. Alberto Hutschenreuter, Sin respeto geopolítico no hay solución polí- tica, 28/07/2014 http://actualidad.rt.com/blogueros/albertohutschenreuter/view/135266-ucrania-respeto-geopoliticohay-solucion-politica (disponible en línea).
  10. Sobre modelos políticos-nacionales que podría seguir Ucrania, ver: Graham Allison, A Belgian Solution for Ukraine, March 15, 2014, www.nationalinterest.org/commentary/”belgiumsolution”-Ukraine-10062 (disponible en línea)
  11. En su reciente mensaje a la Asamblea Federal, el presidente Putin recordó que durante los últimos años Rusia ha invertido más de 30.000 millones de dólares en la economía de Ucrania.
  12. Pertinentes resultan las advertencia de una ex alta funcionaria española respecto a que la Estrategia de Seguridad Europea (EES), redactada en 2003 y retocada en 2008, no refleja cambios internacionales como el reequilibrio en dirección a Asia, las revueltas en el espacio árabe y la autoafi mación de Rusia; Ana Palacio, Europa insegura, El País, Madrid, 8/01/2014, p. 23.

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