Donald Trump y el factor religión, ¿la última cruzada?

Donald Trump y el factor religión, ¿la última cruzada?

El 18 de enero de 2016, en ocasión de su enésimo discurso de campaña en la Liberty University de Lynchburg, Virginia (un recinto cuasi fundamentalista), Donald Trump, mencionó: “Yo defenderé al cristianismo (…) Vamos a proteger al cristianismo alrededor del mundo. No tenemos que ser políticamente correctos”. [1] Con el correr de sus discursos y ya electo como cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos, el tono y el mensaje no varió. Ya en su momento, algunos medios, especialmente los cristianos, comenzaron a levantar sus voces enalteciendo la figura de Trump llegando incluso a mencionarlo como el “nuevo Ciro” (por el emperador persa Ciro II). Tal denominación llegó por parte del pastor (americano-iraní) Saeed Abedini [2]. Luego, dicha denominación sería retomada por el  pastor y empresario Lance Wallnau [3], una influyente personalidad en la comunidad evangélica, durante el baile de gala inaugural. Pero no quedó en eso, porque Trump también ha sido “ungido” bajo otras denominaciones como Nabucodonosor, Moisés y David por diferentes líderes religiosos que hacían hincapié en la misión liberadora del luego electo presidente sobre el mundo y la tierra de Israel.
El apoyo de los líderes religiosos viene entronizado en datos demográficos sumamente valiosos ya que entre los evangelistas, protestantes (entre los que se encuentra Donald Trump) y católicos constituyen un 60,9% de la población de acuerdo a los últimos sondeos del PEW Research Center [4]. Y es no sólo un grupo que toca todos los resortes de poder a través de su capacidad de lobby, sino que es un movimiento en constante propagación a través de nuevas iglesias o estrategias de mercadotecnia. Es en definitiva, un actor demográfico alcanzando su momentum. Aquellos que no profesan religión alguna, si bien forman parte de una cuantiosa minoría (22,8%), no encuentran un movimiento de activación como actores domésticos y su representatividad se encuentra más en el campo académico que en resortes institucionales políticos.
Donald Trump no es el único ni el primero de los líderes mundiales que brega por los intereses del cristianismo en el sistema internacional, pero sí quien comanda una fuerza tal con capacidad para incidir y hacer una diferencia, incluso enfrentado retóricamente con Francisco Primero. Porque, y coincidiendo con el transcurso de la historia, la vanguardia en la defensa religiosa se desplazó desde la Iglesia a los “Capitanes del Sistema”. Repasemos.
Entre los años 1096 y 1291, la Europa Cristiana se levantó en armas en nombre de un Cristiandad cada vez más desafiada por agentes externos como internos. Si bien el papa Alejandro II ya había declarado la guerra al Islam en el año 1061 cuando la conquista de Sicilia y en 1064 durante la cruzada de Barbastro, la primera Cruzada se considera aquella liderada por el Papa Urbano II tras el llamado del emperador bizantino Alejandro I y la última aquella liderada por el Rey de Inglaterra Eduardo I. Sin embargo la hostilidad no se resolvió jamás, y fue transmutando a otras instancias.
Con la llegada de Trump al poder se reafirma una tendencia mundial; el retorno de un conservadurismo (que se presume) residual que no abraza a una globalización a veces natural y otras (muchas) forzada. En comunión con Trump, la Rusia de Vladimir Putin encuentra un resorte de legitimidad y poder en la “rejuvenecida” Iglesia Ortodoxa. Y Europa, la cuna de la cristiandad, se resiste a matar su primera identidad de mano de líderes cada vez más populares como Marie Le Pen (Francia), Geert Wilders (Países Bajos), Mateo Salvini (Italia), Norbert Hofer (Austria), Marcus Pretzell y Horst Seehofer (Alemania), Marian Kotleba (Eslovaquia), Viktor Orban (Hungría), Jaroslaw Kaczynski (Polonia), Timo Soini (Finlandia). [5]

Hoy, el sistema internacional enfrenta casi una singularidad. Con la amenaza de un Califato desafiando el viejo orden de Westfalia y el reinado de los Estados, los distintos líderes mundiales, en el interín, hacen equilibrio entre la defensa de una identidad y la fuerza transformadora de la globalización que pone en jaque la forma en que las distintas naciones entienden a sus vecinos (por la creciente interdependencia) [6] y se entienden a sí mismas.
Con la agudización de la problemática migratoria en Europa, algo de aquel pasado violento (y legitimado) alcanzó la superficie. Y parte de ello se puede abordar si nos imaginamos que la realidad tiene relieves y una geografía muy particular; si pensamos que tiene fallas tectónicas que producen sismos y cismas, especialmente cuando uno de esos pilares sobre los que se apoya la realidad es la religión. En Europa ese terremoto se desató cuando el Estado buscó asimilar algo más antiguo. Ya los líderes políticos no debían enfrentar un fenómeno migratorio al que entendían normal, ciudadanos de un Estado recibidos en otro. Esta vez, y fagocitado por una globalización que hermanaba (a la fuerza) grandes grupos sociales, no eran simplemente ciudadanos sino comunidades que entendían su organización bajo otra institucionalidad, una milenaria e irracional  [7].
Pero el escenario cruzado es muy poco probable de visualizar. Es, por la evidencia manifiesta, más una bandera esgrimida en campaña que una “Política de Estado”. Y ahí es donde se explica: Hay una incongruencia inherente entre Estado y Religión. Trump no está en condiciones de liderar una coalición de dispuestos en nombre del cristianismo sin entrar en conflicto con varios intereses nacionales (estatales); especialmente estando inmerso en un conflicto como el sirio que alcanza un sin fin de actores, y sin desafiar su propia condición de nación moderna (pluriétnica y plurireligiosa). Pensemos primero en cómo se relaciona con los países (estados) musulmanes y en la extensión del mundo islámico. Trump ya decidió re catalogar a Irán en un “eje del mal” eludiendo la naturaleza islámica de Arabia Saudita y los emiratos, grandes aliados norteamericanos de antaño. Un punto de partida bastante esclarecedor: su cristiandad ya encontró un límite. No es un abordaje religioso, es un abordaje políticamente secular.
La nueva (vieja) relación con Irán también establecerá silencios al diálogo con Rusia. Esta última busca en Irán un aliado para sustentar la gobernabilidad de Al Assad y así  restituir al Estado como actor único y legítimo en el espacio sirio; y, finalmente, proyectar poder desde un espacio legitimado en el sistema. Sumado a esa alianza se encuentra Turquía, un aliado en OTAN con el que los Estados Unidos comienzan a manifestar cada vez más rispideces. Recordemos que, el hoy sindicado como autor intelectual del intento de golpe de estado, Fethullah Gülen, reside feliz y tranquilamente en Saylorsburg, Pensilvania y goza de la protección gubernamental manifestada en la negativa de su extradición reclamada por Recep Tayyip Erdogan [8]. Y a los desafíos inmediatos podemos sumar las incertidumbres que despiertan las relaciones con la Pakistan, Estado nuclear, y el ascenso político del Islam en África [9]. En síntesis, una agenda pan cristiana es poco menos que inviable.
El desafío de convertir una nación occidental (un estado moderno) en un colectivo social religioso hoy está muy lejos de encontrar asidero por varias razones. Pensemos que ya no se puede retrotraer el sistema internacional a un grupo de reyes y príncipes que se entendían cristianos antes que cualquier otra cosa. Las distintas naciones (otrora cristinas) ya se saben distintas entre sí hace mucho tiempo, y esa diferenciación es irreconciliable. Recordemos los intentos vanos de la Unión Europea y sus fallidos referendums. Vivimos inmersos en una sociedad que cada vez se resignifica más rápido. Cada vez encontramos casos de nuevos grupos sociales, fanáticos de tal o cual cosa. Que se hermanan por equipos,  bandas musicales, marcas que trascienden fronteras. Pero ninguno renuncia a su identidad territorial. En el caso de los inmigrantes sirios (por nombrar un caso) huyen con el deseo de volver, no de ser otros. Los estados centrales han quedado cautivos de su éxito, de sus urbes y megápolis receptoras de gente que busca el progreso, ni más ni menos. Y ningún estado moderno puede prescindir de ellos.
En definitiva, lo que somos, occidentales; está construido sobre los logros de   la revolución francesa: nos apoyamos en la liberalidad, la ciencia y el progreso y convivimos codo a codo con un conservadurismo presente en cada uno de nosotros. Ese conservadurismo, esas tradiciones, están al alcance siempre de los representantes políticos; y se convierten en valores que se utilizan para la construcción de poder según la oportunidad que tengan los gobernantes de turno.

Por Lic. Martín Rodríguez Osses. Analista Internacional.
Relaciones Internacionales Universidad del Salvador

[1]-https://www.youtube.com/watch?v=BDTvV_zwpto
[2]-http://www.huffingtonpost.com/entry/saeed-abedini-iran-donald-trump_us_581b507ae4b08f9841adb13c
[3]-http://www.usatoday.com/story/news/nation-now/2016/11/10/meet-evangelicals-prophesied-trump-win/93575144/
[4]-http://www.pewforum.org/2015/05/12/americas-changing-religious-landscape/
[5]-http://www.lainformacion.com/politica/partidos/crisis-migratoria-alimenta-populismo-Europa_0_955105520.html
[6]-Nye, Joseph; Robert Keohane (1989). Power and Interdependence: World Politics in Transition. Little, Brown and Company
[7]-http://mrocg.com/analisis-e-investigaciones/84-analisis-internacional/132-sismosy-cismas
[8]-http://edition.cnn.com/2016/08/11/politics/turkey-us-fethullah-gulen-ultimatum/
[9]-https://www.cia.gov/library/publications/the-world-factbook/fields/2122.html

India y Estados Unidos en la Era Trump

India y Estados Unidos en la Era Trump

Compartimos otra publicación de la serie de artículos “Perspectiva India”, donde la experta Dra. Lía Rodríguez de la Vega nos acerca mensualmente un material para una proximidad con la agenda actual de la India. Aquí en análisis para seguir la geopolítica desde el suceso de la asunción de Donald Trump como Presidente en EEUU y la relación con India. Un completo abordaje que nos permite conocer de la agenda que se viene, desde el factor nuclear al tema China, desde la geopolítica en Asia y otros temas de controversias. Lía Rodríguez de la Vega nos ayuda a desgranar los acontecimientos más significativos de las relaciones internacionales de India, que será la nación más poblada del planeta en un futuro próximo y por ello, tenemos que tomar una proximidad. Aquí describiendo el significativo acontecimiento de “la era Trump” y cómo se ajustan las cosas en Asia desde la perspectiva de India.

El triunfo de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos y su asunción al poder el 20 de enero de 2017, abren un interrogante para las relaciones bilaterales con India, atendiendo a que con la gestión anterior, el Primer Ministro Modi desarrolló una muy buena relación, evidenciada entre otros en sus 9 encuentros con el presidente Obama, durante los 2 y medio últimos años. El escenario permite, por supuesto hacer consideraciones en función de los dichos del ahora presidente durante su campaña aunque no le quita cierta tensión al escenario de fondo, que en Delhi está dado por la remoción del Embajador de Estados Unidos en India, Richard Verma, primer descendiente de indios en ocupar esa posición, en el marco de la orden del nuevo presidente del cese de todos los embajadores nombrados por la administración anterior, en el día de su asunción al poder, sin períodos de gracia y sin contar aún con sus reemplazos -situación que por otro lado es la de las embajadas de Estados Unidos en todo el mundo-. Ello implica que  la Subdirectora de la Misión diplomática estadounidense en Delhi, Marykay L. Carlson, se desempeñará como Chargé d’affaires hasta el nombramiento de un nuevo embajador. El embajador saliente ha señalado por su parte, que espera que la nueva administración continúe el camino del crecimiento de la relación bilateral, agregando que el House Caucus de India e Indian Americans son dos de los mayores grupos en el congreso estadounidense.
Trump ha mostrado también su posición acerca de Asia a través de sus dichos de campaña. En tal sentido, pareciera que en lo que respecta a China, probablemente las relaciones bilaterales permanezcan con dificultad, considerando la promesa del nuevo presidente electo de  imponer una tarifa del 45 % sobre bienes chinos importados y también la de desafiar la beligerancia china en el Mar del Sur de China (vale aquí recordar además, que la plataforma republicana se manifiesta contra la tiranía en internet y señala a China, Cuba e Irán, como países que restringen la libertad de prensa y aíslan a sus pueblos, privándolos de diversas libertades) (p. 60).  Para sumar a la ecuación a India, mientras puede decirse que las cuestiones limítrofes tensionan su relación con China, al igual que lo hace el apoyo chino a Pakistán, forma parte con ella del bloque de los BRICS y al mismo tiempo, converge con Estados Unidos en la necesidad de contener el ascenso y alcance de China en la región.
Bajo la gestión del presidente electo, India podría beneficiarse del refuerzo del compromiso estadounidense con sus aliados asiáticos tradicionales como Corea del Sur, Japón y Taiwán, aunque cabe recordar que Trump puso en duda la cantidad de dinero gastada por Estados Unidos para garantizar la seguridad de sus aliados en Asia, exigiendo a Tokio y Seúl que “paguen para jugar”, manifestando incluso una sugerencia para el desarrollo de sus capacidades nucleares independientes, contradiciendo décadas de política exterior estadounidense en la región, al tiempo que anunció el retiro de su país del TPP/Acuerdo Trans- Pacífico de Cooperación Económica. Por lo demás, su contacto directo con la presidente taiwanesa recientemente electa rompió con décadas de la política del principio “una China”, de Estados Unidos, desarrollada por ambos partidos y generó la protesta formal de Beijing. Ese beneficio para India, del refuerzo de relación con estos aliados, tendría clara relación con la situación en el Mar del Sur de China y podría por ejemplo traducirse en el realce de las capacidades de la marina india. El Océano Índico y la zona marítima de Asia Pacífico serán focos de atención vital, por su importancia económica, estratégica y la presencia china allí. Asociado a ello, cabe recordar que China estableció ya  su primera base naval internacional en Djibouti -que asegura la presencia china allí hasta 2026, con un contingente de 10.000 soldados-, evidenciando la dimensión extra-regional de su alcance -con “la primera perla del collar” en la ruta de la seda que conecta China con Oriente Medio, pasando a formar parte de los países que tienen bases fuera de sus territorios-, de modo que para una mayor efectividad de acción, resultaría útil para los Estados Unidos poder cooperar con la marina india, inclusive coordinando acciones que impliquen a las islas de Diego García y Asunción. Cabe agregar que India tiene una muy buena relación con los tres países mencionados, aunque atraviesa un momento de tensión con Japón por sus restricciones a la importación de acero desde ese país, que puede llevar a ambos países a dirimir la cuestión en la Organización Mundial del Comercio y a pesar de que no reconoce oficialmente a Taiwán ni mantiene relaciones diplomáticas oficiales con ese país.

Respecto a Rusia, mientras Trump parece sostener una buena relación con el presidente Putin, la plataforma partidaria, afirma por un lado su respeto y deseo de mantener la relación amistosa con el pueblo ruso y por otro  señala que no aceptarán ningún cambio territorial en Europa del Este, impuesto por la fuerza, en Ucrania, Georgia u otro lugar, usando medidas legales para llevar a la justicia a quienes practiquen tales agresiones (p. 49). En ese marco y atendiendo a la India, en el reciente encuentro bilateral Rusia-India, Modi y Dmitry Rogozin avanzaron sobre el fortalecimiento de la asociación económica de ambos países y el abordaje de las cuestiones regionales de Afganistán y Pakistán. Por lo demás, las relaciones de India con Rusia son un pilar fundamental de la política exterior india y Rusia ha sido un socio probo, de larga data para la India. En 2000 se firmó la “Declaración sobre la asociación estratégica India-Rusia” y a partir de ello, los lazos entre ambos países adquirieron un carácter cualitativamente nuevo con la mejora de la cooperación en prácticamente todos los ámbitos.
En lo que se refiere específicamente a la India, la plataforma del Partido Republicano sostiene que “India es nuestro aliado geopolítico y socio comercial estratégico”, ensalza los valores democráticos de las instituciones indias y señala que ello le está dando al país una posición de liderazgo no solamente en Asia sino en el mundo. Apela al gobierno indio para la extensión de la inversión y comercio extranjeros. De igual manera, apela a la protección de todas las comunidades religiosas del país y hace un reconocimiento al aporte que los ciudadanos estadounidenses de origen indio hacen a los Estados Unidos (p. 56).
La misma plataforma, a continuación de lo señalado, apunta que los conflictos en Medio Oriente crearon desafíos políticos y militares para las personas de Pakistán. Agrega que su relación bilateral, a veces difícil, es beneficiosa para ambos y apunta que se espera fortalecer los lazos históricos que se han resentido bajo el peso del conflicto internacional. Advierte que ese proceso no puede progresar en tanto algún ciudadano pakistaní pueda ser castigado por ayudar en la Guerra contra el Terror y señala que pakistaníes, afganos y estadounidenses coinciden en el interés de liberar a la región de los Talibanes y de asegurar el arsenal nuclear pakistaní, objetivo que sostiene ha sido descuidado por la administración anterior. Finalmente, promete que un presidente republicano trabajará con todos los líderes regionales para restaurar la confianza mutua insistiendo sobre el progreso contra la corrupción y el comercio narcótico que abastece de combustible la insurrección (p. 56). A correlato de la plataforma, bien vale señalar que India busca aislar a Pakistán en asociación directa al tema del terrorismo, cuyo más cercano antecedente es el atentado del 18 de septiembre de 2016, en un cuartel de una brigada india cerca de la ciudad de URI, en la zona de la Línea de Control, que resultó en 17 muertos y del que es sospechoso principal, el grupo Jaish-e-Mohammed. Trump, por su parte ha señalado que le gustaría ver una mejora en la relación entre India y Pakistán.

Así, la temática del terrorismo, inicialmente podría pensarse como un punto de encuentro entre Estados Unidos e India y ello se traduce en los dichos de Trump, en la prédica de total oposición y lucha contra ISIS y el Talibán, sin embargo, cabe ver la implicancia de tales dichos al considerar grupos como Jaish-e-Mohammed (principal organización terrorista de Jammu y Cachemira, sospechoso de haber perpetrado distintos ataques en India, que a su vez recoge algunos cuadros de Al Umar Mujahideen) y  Lashkar-e-Taiba (una de las mayores organizaciones terroristas activas de Asia del Sur, al que India acusa por los atentados de 2001 en el Parlamento y 2008, en Mumbai), ambos particularmente anti indios y con base en Pakistán.
Por otro lado, respecto de Medio Oriente y del terrorismo, el presidente electo se ha mostrado crítico de la política exterior estadounidense en la región, lo que hace prever una inversión de la misma. En ese marco, mientras la plataforma republicana alude a que debe restaurarse la independencia de Líbano -aislando a Hezbollah-, apoyar la transición hacia un gobierno post-Assad en Siria,  continuar la ayuda a Irak en la lucha contra grupos como ISIS, (pp. 46-47), etc., parece avizorarse un cambio importante en  las relaciones con Irán, ante el posible intento de la nueva gestión de terminar el acuerdo nuclear con ese país (la plataforma partidaria sostiene que no considera el acuerdo con estatus de trato y al mismo tiempo reafirma su compromiso con la seguridad de Israel -cuya relación con India, por otro lado, se potenció durante el gobierno de Modi, siendo India el segundo socio comercial de Israel en Asia, luego de China-). La posibilidad del empeoramiento en las relaciones entre Estados Unidos e Irán  perjudicaría a la India, en tanto cualquier sanción contra Irán podría afectar  su capacidad importadora de petróleo de ese país (recordemos que en el último período de sanciones a Irán, India recurrió a Venezuela por más petróleo) y también la cooperación indo- iraní en lo referido al Puerto de Chabahar (que forma parte de su estrategia del “Triángulo de Varuna”, que contrasta la del “Collar de Perlas”, china). Paralelo a ello, India podría encontrar estímulo en la nueva administración en lo relacionado a la ayuda para la asistencia a Afganistán (debiendo considerarse aquí los beneficios que el puerto de Chabahar implica para ese país). Por lo demás, en lo que hace a los países aliados, incluídos los  del Golfo, Trump ha repetido que debieran pagar por la seguridad que se les  provee, mientras más allá de su retórica anti islámica, una parte de la opinión pública de esa zona aparece crítica de lo que ve como excesivas intervenciones de Estados Unidos en la región.
Pareciera también esperable una mayor presión de Estados Unidos sobre la India para obtener más acceso de mercado, especialmente en lo asociado al área de defensa (India es el primer comprador mundial de armamento y aunque Rusia es todavía su mayor proveedor, bajo la Iniciativa de Tecnología de Defensa y Comercio y habiendo nombrado a India “un socio mayor de defensa”, las firmas estadounidenses tienen progresivamente una presencia más importante en ese mercado indio). Al mismo tiempo, Estados Unidos parece avanzar hacia  medidas proteccionistas, que pueden perjudicar a India, por ejemplo en el tema del outsourcing, tornando más difícil que las compañías estadounidenses se muevan o mantengan funciones de servicio en el extranjero (Trump señaló su intención de imponer mayores impuestos a las compañías que tienen estas operaciones). También, el presidente electo manifestó que finalizará el uso de las visas H-1B, como un programa de trabajo barato y va a instituir el requerimiento de contratar a estadounidenses primero, por  cada visa y programa inmigratorio (habiendo sido ciudadanos indios, los mayores usuarios de esas visas en los últimos años), golpeando así a  dos de los grupos más formados que provienen de India (estudiantes y trabajadores  que pertenecen sobre todo a industrias tecnológicas). A la temática del trabajo, se agrega el tema de los derechos de propiedad, que siguen en la mira pero, a pesar de todo lo señalado, existen especulaciones acerca de que algunas de tales medidas podrían no ser inmediatas.

Otro tema abierto es el de la membresía de la India en el Grupo de Proveedores Nucleares, en el que India contó con el favor del lobby de la gestión Obama, al tiempo que encontró la negativa de China. Al respecto, pocos días previos a la asunción de Trump, el saliente Embajador de Estados Unidos en India, señaló que esperaba que la nueva gestión continuara impulsando el ingreso de la India al grupo.
Paralelo a lo señalado, cabe revisar la dinámica desarrollada hasta ahora entre Trump y la comunidad indo-americana. En ese marco, puede mencionarse que la Coalición Republicana Hindú (que busca una relación fuerte entre Estados Unidos e India e incluye una fuerte retórica anti islámica) fue uno de los mayores donantes de la campaña presidencial de Trump (su presidente, Shalabh Kumar, donó cerca de U$S 900.000 a la campaña). En un evento de la Coalición para recaudar fondos para la campaña de Trump, este expresó que tiene gran respecto por los hindúes (sin que nadie aclarara que ni todos los indios son hindúes ni todos los hindúes son indios), que tiene varios amigos de ese origen y que son empresarios impresionantes (agregando que “la comunidad india e hindú tendrá un amigo verdadero en la Casa Blanca”). Hizo también referencia al Primer Ministro Modi, diciendo: “espero trabajar con el Primer Ministro Narendra Modi, quien ha sido enérgico en reformar la burocracia india. Gran hombre. Lo aplaudo por hacer eso”. El evento fue respaldado y repudiado por distintos miembros de la comunidad indo-americana, al tiempo que son también conocidos otros dichos contradictorios con lo ya señalado, como la mención de Trump en un acto, de que Goodrich Lighting Systems despidió 255 trabajadores y llevó sus trabajos a la India (PTI).
Otro elemento que se suma a lo controversial de la llegada de Trump a la comunidad indo-americana, es el tema de sus avisos de campaña, que reutilizaban una frase usada en su momento por Modi “ “Abki Baar Trump Sarkar”/ “En este tiempo, un gobierno de Trump”.
Por lo demás, cabe señalar que un informe sobre votantes asiáticos registrados en Estados Unidos (los asiático-americanos y los isleños del Pacífico son el grupo racial de más rápido crecimiento en Estados Unidos), dirigido por Karthick Ramakrishnan, de UC Riverside School of Public Policy (que incluyó indios,  chinos, filipinos, vietnamitas, japoneses, camboyanos, coreanos y hmong), mostró que Trump era visto de modo desfavorable por el 79% de esa población, al tiempo que Hillary Clinton era vista de manera favorable por el 70% de la misma. Entre los votantes registrados de ese origen, Clinton lideraba el apoyo con el 70%. En contraste con este informe, Trump recibió el apoyo de un grupo nacionalista hindú en India, el Hindu Sena, cuyo líder, Vishnu Gupta, recalcó la coincidencia de ambos en la retórica en contra de los islámicos.
Así, a más de contar con Bobby Jindal (descendiente de indios) como uno de los candidatos de las primarias republicanas (más allá de su relación con la comunidad misma), la comunidad indo-americana sumó la designación de la también descendiente indo-americana y Gobernadora de Carolina del Sur, Nimrata “Nikky” Haley, como Embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas (quien primero apoyó a Marcos Rubio, tras su derrota apoyó a Ted Cruz y finalmente a Trump).

Por último, la escena del llamado telefónico de Obama al Primer Ministro Modi para agradecer la asociación entre ambos países que ha permitido mejorar y profundizar las relaciones entre ambos (recordemos que esa profundización implicó signos como un saludo en gujarati del presidente Obama a Modi y la apelación habitual de uno a otro por su primer nombre en público, habiendo sido Obama uno de los  primeros en saludar a Modi tras su triunfo en 2014 e invitándolo a visitar Estados Unidos y a su vez siendo Invitado de Honor por Modi, para la celebración del Día de la República en 2015) parece encontrar una cierta continuidad, aún con interrogantes y algunas tensiones, en la relación bilateral entre Estados Unidos e India, en la trayectoria positiva que ya tenía, a través de la felicitación del Primer Ministro Modi al electo presidente Trump,  invitándolo precisamente a profundizar las relaciones entre ambos países y “realizar el potencial total de nuestra cooperación”.

Por Dra. Lía Rodriguez de la Vega
Analista Internacional – Académica
Comité de Asuntos Asiáticos del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales CARI
Ex. Directora de la Asociación Latinoamericana de Estudios de Asia y Africa ALADAA

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