La cumbre de las Américas 2018 se realizará en Lima este 13 y 14 de abril. Su lugar fue decidido en la cumbre anterior, celebrada tres años antes en Panamá. Las Cumbres comenzaron allá por 1994, en Miami, a propuesta del entonces presidente norteamericano Bill Clinton. Desde entonces, y cada tres años, los mandatarios de “las Américas” asisten a las mismas. En aquella ocasión, con el fin de la guerra fría y la unipolaridad estadounidense como telón de fondo, convinieron en una declaración de principios que se denominó Pacto para el Desarrollo y la Prosperidad: Democracia, Libre Comercio y Desarrollo Sostenible en las Américas: “Los Jefes de Estado y de Gobierno elegidos de las Américas estamos comprometidos a fomentar la prosperidad, los valores y las instituciones democráticas y la seguridad de nuestro Hemisferio. Por primera vez en la historia, las Américas son una comunidad de sociedades democráticas. Si bien nuestros países enfrentan diferentes desafíos en materia de desarrollo, están unidos en la búsqueda de la prosperidad a través de la apertura de mercados, la integración hemisférica y el desarrollo sostenible. Estamos decididos a consolidar y fomentar vínculos más estrechos de cooperación y a convertir nuestras aspiraciones en realidades concretas”.

Esta cumbre tiene algunos rasgos, aún antes de comenzar, que deben ser destacados. En primer lugar, el país anfitrión tuvo semanas convulsionadas ante la renuncia del presidente Pedro Pablo Kuczynski. Martín Vizcarra asumió el mando y la cumbre siguió su rumbo, sin mayores sobresaltos. Por otro lado, Venezuela. Aunque el gobierno de Perú ya había negado la entrada al presidente Nicolás Maduro en la próxima Cumbre de las Américas (expresamente le retiró la invitación) por no realizar una elecciones libres y transparentes para su país, este declaró que no asistirá. En sus palabras: “La verdad es que la cumbre no está entre las prioridades, ahí no hay nada que se vaya a decidir, es una pérdida de tiempo. Además, el Gobierno de Perú retiró la seguridad mínima que necesita un presidente para ir. Por eso decidí que no voy a ir a la cumbre en Lima”

También debemos destacar la reciente decisión del presidente Donald Trump de no asistir. Aludiendo a la cuestión de Siria, el presidente suspendió su asistencia y su visita a Bogotá, aliado ya tradicional de los Estados Unidos en estas latitudes. Lo cierto es que si analizamos la dinámica de la política norteamericana hacia la región, debemos destacar la gira que realizó en febrero el ahora ex secretario de estado, Rex Tillerson. En su visita, que incluyó México, Argentina, Perú, Colombia y Jamaica, tuvo como prioridad guiar a los países en una postura unificada en relación a Venezuela. El funcionario no encontró el eco esperado. Recientemente, Tillerson fue reemplazado por Mike Pompeo, quien es un exponente de la línea dura republicana y leal al presidente. También la designación de John Bolton como Asesor de Seguridad Nacional confirma lo que muchos temen: la Casa Blanca se está llenando de halcones.

Queda una línea para reflexionar sobre la cumbre. En aquella primera, la de 1994, el compromiso que adoptaron los mandatarios incluía: “La democracia efectiva requiere que la corrupción sea combatida de manera integral, toda vez que constituye un factor de desintegración social y de distorsión del sistema económico que socava la legitimidad de las instituciones políticas”; esta cumbre, la VIII, tiene como lema “Gobernabilidad democrática frente a la corrupción”. Esperemos que el resultado sea exitoso y que finalmente encontremos un mecanismo para terminar con la corrupción y el costo que ella implica para nuestras sociedades y para la democracia. Quizás sea esta la deuda más importante y el tema más relevante de esta cumbre.

Por Dra. Constanza Mazzina
Investigadora del Instituto de Ciencias Sociales
Fundación UADE

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