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En el contexto de crisis de liderazgo en el sistema internacional de naciones, se desarrolla la disputa geopolítica entre Rusia y Occidente, mientras que se acrecienta el perfil multipolar donde el formato de un solo centro de toma de decisiones del poder, ya no existe mas. Para descifrar algunas claves sobre la multipolaridad,  recurrimos al experto Jorge Garzón, del think-tank alemán «Instituto Alemán de Estudios Globales y Regionales – GIGA». La construcción de la paz en prioridad de agenda en un  sistema entrecruzado de interdependencias entre las grandes potencias, las potencias regionales y otros Estados más pequeños, circunstancias que demandan un nuevo perfil para los organismos transnacionales en su responsabilidad de ser previsibles y tener liderazgo, pero también transparencia. Compartimos esta entrevista que nuestra redactora Vanina Fattori realizó al investigador Jorge Garzón.

Pregunta: Uno de los puntos claves de la agenda política internacional es la relación de Rusia con Occidente. Desatada la crisis en Ucrania y tras el asunto «Crimea», Occidente apuesta a utilizar diferentes herramientas político económicas para las sanciones contra Moscú. ¿Pero es viable el «aislamiento» en contra de Rusia?
Jorge  Garzón: Los intentos de la Unión Europea y los Estados Unidos de aislar a Rusia hubieran tenido éxito apenas diez años atrás, cuando, por mencionar un ejemplo, la economía de China representaba sólo un 10% de la economía de los Estados Unidos. Hoy representa cerca del 80% (en PPA) y está en camino de superar la economía estadounidense para el 2019. En un mundo con varios polos económicos y políticos, es decir, en un mundo multipolar, ésta política es simplemente inviable y hasta perjudicial para los propios intereses de Occidente. Piénsese por un momento en la muy mencionada dependencia de Rusia de sus exportaciones de gas a Europa; como si la Unión Europea fuese el único polo, se argumentaba que el comportamiento “revisionista” de Rusia tenía claros límites porque Putin no se atrevería a poner en riesgo ese mercado. Sin embargo, la primera ola de sanciones políticas bastó para agilizar la firma de un acuerdo multimillonario por el cual Rusia proveerá gas a China por un valor de 400 billones de dólares durante 30 años. Es decir, las sanciones empujaron a Rusia a diversificarse y permitieron a China fortalecer su seguridad energética en términos muy favorables. Algo muy parecido acaba de suceder con el tema de los alimentos. La respuesta rusa a una segunda ola de sanciones, ésta vez de naturaleza económica, fue vetar la importación de una serie de productos alimenticios de la UE; se calcula que esas exportaciones tenían un valor de 6 billones de dólares. Éste enorme mercado será llenado rápidamente por otros competidores como América Latina y Turquía. Nuevamente, las sanciones sólo sirvieron para reducir las dependencias que tiene Rusia y fortalecer a otros actores y regiones. No es sorprendente que el Primer Ministro de Hungría acabe de decir que la EU está lanzando piedras a su propio techo.

Pregunta: Muchas voces en los Estados Unidos critican al Presidente Obama porque su política exterior de fricciones con Rusia motiva a que Moscú se aproxime más a China. ¿Qué implicancias tiene el eje Rusia-China para el sistema internacional en el contexto actual?
Jorge Garzón: Las implicancias pueden ser sustanciales y muy negativas. Para que un mundo multipolar sea relativamente pacífico, éste tiene que ser muy flexible. Con el término “multipolaridad flexible” me refiero a un sistema en el que rige al siguiente principio: cualquier potencia del sistema internacional debe poder coaligarse u oponerse a cualquier otra potencia según sus intereses en cada caso, es decir, no existen más alianzas “carnales”. Algunas nuevas organizaciones, como el G20, han contribuido a esa flexibilidad tendiendo puentes entre las potencias del norte y las del sur, entre occidente y oriente (piénsese en la coalición formada por Estados Unidos, China, India y Brasil en contra de Europa para reformar el Fondo Monetario Internacional).A intern
Sin embargo, esa política de “Occidente contra el Resto” es muy negativa puesto que le quita flexibilidad al sistema. Hay que tener mucho cuidado con hacer comparaciones históricas, pero es necesario recordar que la Primera Guerra Mundial, de la que éste año recordamos su estallido hace exactamente un siglo, tuvo lugar en un sistema multipolar muy rígido y polarizado entre la Triple Entente y la Triple Alianza, es decir, la Europa multipolar de 1914 no tenía flexibilidad. Una segunda consecuencia negativa de la rigidez en las alianzas, en este caso de Occidente (Estados Unidos y la Unión Europea) frente al eje China-Rusia es que alimenta tendencias mercantilistas. Una guerra comercial entre la UE y Rusia podría muy bien reducir considerablemente el intercambio entre ambas partes. La EU, por ejemplo, ya está buscando reducir su dependencia energética, vemos que lo mismo pasa con Rusia en otros sectores en los que es dependiente de Europa. Esto es malo para el comercio mundial. En un mundo de potencias y bloques mercantilistas, todos pierden. Para América Latina esto sería nefasto. Así, se podría decir que otra condición de posibilidad de un mundo multipolar pacífico es un sistema entrecruzado de interdependencias entre las grandes potencias, las potencias regionales y otros Estados más pequeños.

Pregunta: El espacio geográfico de Eurasia toma un mayor dinamismo, pero a la vez es el espacio que más cantidad de focos de conflicto tiene. ¿Qué representa a futuro la inestabilidad en esta región? ¿Sus divisiones favorecen a la predominancia de la cultura occidental?
Jorge Garzón: Primero que nada, no hay que olvidar que los numerosos conflictos y agudos dilemas de seguridad que experimentó el continente europeo desde el siglo XV terminaron por engendrar en esta región Estados-nación muy cohesionados y con alta capacidad de organización social y movilización de recursos. Precisamente el dilema de seguridad entre China, algunos de sus vecinos y, sobre todo, los Estados Unidos representa uno de los principales motivos que están impulsando al gigante asiático a adquirir un formidable poder militar. La misma pequeña y vulnerable Ucrania, ante la amenaza rusa, se está viendo forzada a fortalecer su cohesión social y a adquirir capacidades defensivas que antes no tenía. Por ello, el argumento de que una mayor cantidad de conflictos en Eurasia favorece al hemisferio occidental no me termina de persuadir del todo. Por otra parte, pienso que un mundo multipolar, donde se compite y se coopera al mismo tiempo, donde el enemigo de hoy puede ser el aliado del mañana (piénsese en la alianza inédita entre Estados Unidos e Irán contra el grupo yihadista Estado Islámico) no favorece alianzas basadas en factores civilizaciones o culturales como argumentaba Huntington. El propio Occidente, que entiendo como la alianza política y militar que surgió al final de la Segunda Guerra Mundial para hacer frente a la amenaza de la Unión Soviética, está haciendo grandes esfuerzos por mantener una cohesión que debería ser natural ante el hecho cada vez más evidente de que los intereses de Europa y los Estados Unidos en Ucrania no son los mismos. Otros actores internacionales que pertenecen culturalmente a la civilización occidental como Rusia y América Latina, no se sienten parte de ese “Occidente” político y militar como lo muestran el accionar ruso y el pragmatismo latinoamericano a la hora de hacer alianzas. Esto no debería sorprendernos. La opinión predominante tanto en Rusia y como en América Latina es que estas regiones se han beneficiado muy poco del orden mundial sostenido por “Occidente” desde 1945 o 1990.

Pregunta: Sobre este escenario planteado, ¿qué ocurre con las instituciones? Muchas tan obsoletas, creadas en un mundo que ya no existe más y no concordantes con la representatividad del presente. OTAN, qué puede opinar usted sobre su papel en el sistema internacional, como brazo político-militar de Occidente.
Jorge Garzón: Es evidente que las instituciones internacionales están cambiando mucho en éste contexto de desconcentración de poder. Éste es actualmente el objeto de estudio de muchos investigadores en el campo de las Relaciones Internacionales. En el caso de la OTAN, me parece que hay que juzgar su papel y su utilidad en el sistema internacional en comparación con otras instituciones de seguridad como la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), por ejemplo, en la crisis de Ucrania. Ambas organizaciones de seguridad tienen una naturaleza distinta. La OTAN es una alianza militar nacida para disuadir y contener a la Unión Soviética y sus aliados durante la Guerra Fría. Luego de la caída del muro de Berlín redefinió su razón de ser en la contención de nuevas amenazas.  La OSCE, en cambio, no es una alianza, es una organización más amplia que reúne a unos 56 países de Eurasia incluyendo Rusia, Ucrania y todos los países de la Unión Europea. A diferencia de la OTAN, el objetivo de la OSCE es construir confianza entre sus estados miembros, monitorear acuerdos de desarme y contribuir a la resolución pacífica de conflictos. Será fácil para los lectores de ésta entrevista juzgar cuál de estas dos instituciones tiene el potencial de ser más útil en la resolución de la crisis de Ucrania y otros conflictos. Los países de la OTAN tienen la opción de fortalecer sus capacidades militares y extender su capacidad de disuasión a Ucrania y otros Estados de la región del Cáucaso que, también, desean ser parte de la organización como emplazó su Secretario General Anders Fogh Rasmussen. Si partimos del supuesto de que fue precisamente la potencial expansión de la OTAN en la región que Rusia considera su cinturón de seguridad lo que motivó a ésta última a reaccionar de la manera como lo hizo, primero en la guerra de Osetia de 2008 contra Georgia y luego en la reciente crisis de Ucrania, la respuesta ofrecida por Rasmussen sólo haría sentir a Rusia más insegura y dispuesta a adoptar políticas aun más temerarias. Las acciones de la OSCE, por el contrario, tienen el potencial de contribuir al efecto opuesto. No es sorprendente que la organización más activa e involucrada en el conflicto haya sido precisamente la OSCE y no la OTAN. A qué quiero ir con esto. A que en un mundo multipolar, las organizaciones de seguridad que necesitamos son aquellas que ayuden a las partes en conflicto a reducir sus desconfianzas, a transparentar la adquisición armamento, que hagan a veces de actores neutrales que supervisen procesos de paz o el desarme como en caso de las armas químicas de Siria, que en última instancia allanen el camino para que las partes se sienten a la mesa de negociación. Estas organizaciones son las que van a prosperar, no es casual que la organización de seguridad más prominente de nuestra región, la UNASUR y su Consejo de Defensa, hayan adquirido precisamente estas características y no la forma de una alianza militar como la OTAN. Las alianzas militares no son viables en un mundo multipolar, son una reliquia de otra época.

Desarrollo – Contenido
Vanina Soledad Fattori – Relaciones Internacionales Universidad del Salvador

Perfil del entrevistado, Jorge Garzón:
–    Master en Relaciones Internacionales por la Universidad de Tubinga, Alemania.
–    Investigador del Instituto Alemán de Estudios Globales y Regionales (GIGA) en Hamburgo, Alemania.
–    Intereses académicos: Multipolaridad, Regionalismo Comparado, Regionalismo Latinoamericano, Estrategias de política exterior en un mundo multipolar.
–    Última publicación: “Hierarchical Regional Orders: An Analytical Framework” (2014), en Journal of Policy Modeling, Volume 36, Supplement 1, pp.: 26-46. Disponible en:
   http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0161893813001026