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Hay una pintada junto a la estatua del ex presidente estadounidense Bill Clinton, quizás el punto más fotografiado de Pristina, capital de Kosovo. Son tan sólo tres palabras en albanés, dos de ellas están escritas en negro y la restante, en rojo: los colores de la bandera de Albania. Las grandes letras en imprenta mayúscula claman “No a la negociación” y firma Vetëvendosje, el partido político que ganará las elecciones parlamentarias de este domingo en Kosovo. Su nombre significa “autodeterminación”, una propuesta directa que sus miembros nunca quisieron ni intentaron ocultar. Porque quizás ese sea el punto más característico de una agrupación que llega para romper buena parte de la estructura política local: es directa.

Vetëvendosje es un partido relativamente nuevo para la escena local. Aunque se fundó en 2005, su salto a la masividad se dio en los últimos años, particularmente a partir de 2019. Se plantó como una organización moderna, joven, socialdemócrata, progresista, nacionalista y sumamente activa. Un partido que llegó para romper con la hegemonía de la Liga Democrática de Kosovo (LDK) y el Partido Democrático de Kosovo (PDK), dos alternativas con más puntos en común que diferencias: ambas de centro-derecha, ambas quizás demasiado asociadas a una elite gobernante, a un pasado estancado, a la guerra, a la corrupción, la desocupación, al cierre de las grandes fábricas y al éxodo de los más jóvenes. Vetëvendosje ya aprendió a capitalizar el descontento y la frustración a través de propuestas ligadas a la reactivación industrial, pero desde una plataforma novedosa y un diseño moderno. Hoy convierte a las redes sociales en su herramienta predilecta y reafirma una suerte de activismo ciudadano, como si quisiera copiar la estrategia del español Podemos y consolidarse como la autoproclamada voz de la calle. Pero al mismo tiempo se muestra como un sector orgullosamente nacionalista en un rincón del planeta en el que este punto es particularmente importante, en donde el nacionalismo implicó guerras fratricidas entre buena parte de los pueblos balcánicos.

Kosovo es un territorio con cerca del 95% de la población étnicamente albanesa, que se declaró independiente en forma unilateral en febrero de 2008. De acuerdo a la opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia de 2010, lo hizo sin violar ninguna normativa internacional, es decir que la secesión fue legal. Aún así, cerca de la mitad de los miembros de las Naciones Unidas no lo reconoce como país y el argumento refiere a la unilateralidad de la secesión, sin que existiera ningún tipo de acuerdo con la República de Serbia, que aún considera al territorio propio. Para España, Argentina o China, constituye un precedente peligroso que implicaría que Cataluña, el País Vasco, Tíbet, Taiwán o las Islas Malvinas podrían proclamar secesiones, independencias o autonomías en forma unilateral, sin más argumentos que el derecho irrestricto a la autodeterminación.

Eso es exactamente lo que proclama Vetëvendosje incluso desde su nombre: que Kosovo no tiene necesidad ni obligación de negociar con Serbia ni con ningún otro Estado, que es su derecho proclamar la independencia o cambiar su status según le parezca a la mayoría de sus habitantes. Apunta a una democracia más directa, e incluso propone una reforma constitucional para habilitar un referéndum de unificación entre Kosovo y Albania. Esa posibilidad no causa ninguna gracia ni en Serbia, ni en la Unión Europea ni en Estados Unidos. Todos saben que implicaría nuevos problemas en toda la región e impulsaría reclamos similares de albaneses en Macedonia del Norte o de serbios en Bosnia Herzegovina.

Vetëvendosje, como toda novedad, es imprevisible y, además, nace en un territorio cuya incertidumbre endémica va más allá del parcial reconocimiento internacional. Para fines de este mes, pasadas las elecciones, Kosovo tendrá su sexto gobierno en apenas 13 años de independencia autoproclamada. Ninguna gestión logró terminar su mandato. De hecho Vetëvendosje ganó las últimas elecciones, en octubre de 2019, y su líder, Albin Kurti, se convirtió en Primer Ministro de un gobierno en coalición con LDK. Pero apenas duró en el cargo cuatro meses. Tan sólo 51 días después de la asunción, el 25 de marzo, LDK le quitó apoyo y la Asamblea Nacional votó su salida del poder. La razón oficial fue la mala administración durante la pandemia de Coronavirus, particularmente el despido del Ministro del Interior y miembro de LDK Agim Veliu, quien había solicitado declarar el estado de emergencia. El primer ministro dijo entonces que Veliu estaba propagando innecesariamente el pánico. Asumió Avdullah Hoti, también de LDK, pero en diciembre pasado la Corte Constitucional determinó que su asunción no había sido legítima y convocó a nuevas elecciones. Dos gobiernos cayeron el mismo año. Apenas un mes antes renunció el presidente Hashim Thaçi, líder de PDK y ex cabecilla de la agrupación paramilitar Ejército de Liberación de Kosovo durante la guerra de 1998-99. La Corte Penal Internacional en La Haya lo convocó para responder por cargos de crímenes de lesa humanidad. La presidenta interina Vjosa Osmani fue candidata en 2019 por LDK, pero anunció que apoyaría a Vetëvendosje en las elecciones de este domingo. Como si este escenario de renuncias y destituciones sucesivas no fuera lo suficientemente complejo, Kurti no puede presentarse porque en 2018 fue condenado a 18 meses: junto a otros miembros de su partido, lanzó gas lacrimógeno en el Parlamento a modo de protesta.
En el medio aparece la necesidad, impulsada por la Unión Europea y Estados Unidos, de que Kosovo y Serbia alcancen al fin un acuerdo de mutuo reconocimiento. El ex presidente estadounidense Donald Trump reunió en septiembre al Primer Ministro kosovar Hoti y al mandatario serbio Aleksandar Vučić: Serbia se comprometió entonces a abandonar su política de alentar a terceros Estados a no reconocer a Kosovo, y Kosovo, a levantar las barreras impuestas a la importación de productos serbios. Ambos, logros muy menores considerando el objetivo original. Los Acuerdos de Bruselas de 2013 apuntaban también al reconocimiento mutuo, pero tampoco tuvieron avances relevantes. En este contexto, Kosovo se convierte en un cuasi Estado paria, con una economía prácticamente paralizada, sin moneda propia y con un nivel de desempleo que ronda el 25%. A esto se le suma que el Estado kosovar ejerce un control limitado sobre las regiones habitadas predominantemente por serbios, especialmente al norte, junto a la frontera con la República de Serbia.
¿Qué significaría entonces el triunfo de un partido que niega la posibilidad de diálogo? Algunas encuestas dan a Vetëvendosje hasta un 40% de diferencia respecto a la segunda agrupación más votada. Este apoyo, potencialmente abrumador e inédito en tiempos de independencia, puede traducirse en una gestión sólida, que al fin logre consolidarse y mantenerse por un mandato completo, por más que eventualmente deba formar un gobierno en coalición con alguna otra fuerza. Pero la llegada al poder de un partido nacionalista probablemente debilite aún más el ya endeble proceso de negociación y afecte las relaciones con la minoría serbia, aunque también pueda alcanzar la estabilidad económica tan postergada. En cualquier caso, las incertidumbres, moneda corriente en una república semi reconocida, parecen condenadas a perdurar.

Por Ignacio Hutin. Analista Internacional.
En Twitter: @iehutin

Ignacio Hutin es licenciado en Periodismo (USAL, 2014), especializado en Liderazgo en Emergencias Humanitarias (UNDEF, 2019) y actualmente maestrando en Relaciones Internacionales. Becado por el Estado finlandés para la realización de estudios relativos al Ártico en la Universidad de Laponia (2012). Trabajó en zonas de guerra cubriendo para medios argentinos e internacionales. Focalizado en Europa Oriental, Eurasia post soviética y Balcanes. Es Consejero Consultivo de CADAL para la región euroasiática y autor del libro «Deconstrucción. Crónicas y reflexiones desde la Europa Oriental poscomunista» (CADAL, 2018).