Casi siempre los comienzos traen la promesa de lo nuevo y la ilusión de que lo mejor está por venir. Casi siempre, los finales traen la evaluación de lo sucedido.
Los cambios se gestan con el paso del tiempo y la consolidación de los procesos, en ese sentido se pueden identificar tres hitos claves del nuevo orden mundial: la caída del muro de Berlín; la disolución de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría. Pero desde  la década del 70 se empezaron a manifestar los primeros signos de transformación, el hecho de que los Estados en vías de desarrollo comenzaran a plantear una agenda  más representativa del sistema y una nueva identificación de norte-sur con temas de pobreza y desarrollo más que un eje este-oeste con una división ideológica demostró que el orden de posguerra estaba mutando.
Los principales cambios fueron el reconocimiento de la importancia de temas económicos; de desarrollo; ambientales y políticos- sociales, tradicionalmente considerados áreas de “baja política” frente a los temas estratégicos-militares que formaban parte de la agenda de “alta política”. Estas transformaciones se materializaron en sucesos puntuales como  la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Humano en Estocolmo (1972) marcando el comienzo de un nuevo paradigma de “desarrollo sostenible” que se va a consolidar casi dos décadas más tarde en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (1992).


Con la llegada del Siglo XXI, los actores se llamaron a reflexionar sobre una agenda de trabajo basada en las principales necesidades y problemáticas de la comunidad internacional, de allí que en el seno de Naciones Unidas se establecen los  “Objetivos de Desarrollo del Milenio” para el periodo 2000-2015. Llegado el año meta de evaluación se concluyó que si bien en varias temáticas se había avanzado, aún queda un amplio camino a recorrer motivo por el cual se decidió ampliar la lista de objetivos.
Así fue como en Septiembre de 2015, la Asamblea General de Naciones Unidas adoptó la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible con el principal objetivo de fortalecer la paz universal y el acceso a la justicia por medio de un plan que contemplara el trabajo específico en 17 objetivos que reúnen el espíritu de la Declaración del Mileno pero con nuevas temáticas y más profundas.

El segundo objetivo es “Hambre Cero” que apunta a la necesidad de lograr la seguridad alimentaria mejorando los niveles de nutrición en el marco de una agricultura sostenible. Las cifras son escalofriantes, más en un sistema donde no siempre faltan alimentos lo cual hace deducir que en muchos casos la problemática tiene que ver más con cuestiones de acceso y distribución que de producción. Desde la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) se estima que alrededor de 852 millones de personas padecen hambre; 795 millones de personas sufren desnutrición crónica;  más de  90 millones de niños menores de cinco años tienen un peso peligrosamente bajo y una de cada cuatro personas pasa hambre en África.
Las proyecciones de FAO para el año 2050 establecen que,  la base de la alimentación seguirán siendo los tres cereales principalmente: maíz, trigo y arroz. Esto indica que para alimentar a una población creciente será necesario producir anualmente 800 millones de toneladas de cereales más que las obtenidas en la cosecha récord de 2014 (2.500 millones de toneladas). Los factores de riesgo para alcanzar dicho objetivo se encuentran vinculados con las consecuencias del cambio climático, el deterioro del ambiente y la degradación de los suelos.  por ello se torna clave incentivar un consumo responsable que contemple la reducción de pérdidas y desperdicios alimentarios
Ante esta situación, desde FAO se promueve un nuevo  paradigma de producción de alimentos basado en fortalecer la resiliencia al cambio climático, mantener la salud de los ecosistemas, mejorar progresivamente la calidad de los suelos, aumentar la productividad contribuyendo al desarrollo económico inclusivo.
La clave para cumplir este objetivo se relaciona con la capacidad de establecer un sistema alimentario sostenible, inclusivo y más productivo para lo cual es esencial una agricultura sustentable con prácticas amigables con el ambiente incluyendo agricultores familiares que logren producir mayores cantidades con menos recursos. Entendiendo la necesidad de que muchas veces el problema de alimentos no tiene que ver con el nivel de producción sino con el acceso y la distribución de los mismos.
El nuevo paradigma productivo implica un cambio de la conceptualización no solamente de los factores económicos – productivos sino también el acompañamiento de políticas públicas adecuadas que conlleven a que todos los actores converjan en el mismo esfuerzo de terminar con el hambre entendiendo que el derecho a la alimentación es un derecho humano esencial para que las personas puedan vivir.

Mg. Melisa Galvano Quiroga
Doctorado en Relaciones Internacionales – Investigadora- Docente universitaria
Analista en Equilibrium Global

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