En el centenario de la Unificación de Rumania, en el 2018 estamos compartiendo un informe especial desarrollado desde Madrid por Lic. Javier Bordón Osorio. En esta nota, conocemos de una de las personalidades claves en la historia de Rumania, el perfil de Alexandru Ioan Cuza. Trabajo de Valentina Roxana Craiu, graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid, para una reseña de quien sentó las bases del Estado rumano moderno, la figura de Alexanadru Cuza.

“Por el proyecto electoral y la ley rural, le estamos agradecidos” es el mensaje que aparece en una espada forjada en París, ofrecida a Alexandru Ioan Cuza por parte de 2500 ciudadanos rumanos en 1864. Iancu Alecsandri, hermano del poeta Vasile Alecsandri, fue quien custodió la espada hasta que puedo ser entregada a quien sería su dueño.
Alexandru Ioan Cuza, apodado por los historiadores rumanos como “padre de la nación”, nació el 20 de marzo de 1820, en Barlad. Realizó sus primeros estudios en Iasi, luego viajó a París para continuar con el bachillerato, y volvió a lo que hoy se conoce como Rumanía para hacer historia.

A su regreso, se volcó en su carrera militar, ejerciendo en un principio como oficial del ejército moldavo; después obtuvo el rango de coronel -cargo que desempeñó durante su participación en la revolución de 1848 en Moldavia- y diez años más tarde, en 1958, se convertirá en Ministro de Guerra de Moldavia. Posteriormente, fue nombrado presidente del Tribunal de la localidad Covurlui, situado en la parte este de la actual Galati.

Lo cierto es que Cuza no buscaba ni la gloria ni el reconocimiento internacional, cuando en 1859 decidió impulsar la unificación de los principados de Valaquia y Moldavia, dando lugar al acontecimiento que actualmente se conoce como la “Pequeña unificación”.
En consideración del historiador Alexandru D. Xenopol, como se cita en el volumen XIII de Historia de los rumanos en Dacia Traiana dedicado al periodo de Cuza, éste no mostraba interés en las celebraciones que se hacían en su honor ni pretendió hacer fortuna con su hazaña. Cuza compartía con el resto de ciudadanos el sueño de un Estado moderno rumano único, fuerte y autónomo. Ese sueño fue el principal motivo de su movilización.

En el camino hacia su meta, Cuza debió sortear arduos obstáculos. La puja de poder entre las grandes potencias era el principal. En este sentido, el Tratado de París de 1856 facilitó las estrategias que Cuza pondrá en marcha para lograr su meta. Dicho Tratado constituye un nuevo régimen internacional para los principados rumanos, ya que, con este acuerdo, el imperio ruso perdió la influencia que ejercía sobre los mismos, quedando éstos bajo la garantía colectiva de las potencias europeas y la soberanía otomana.

Por tanto, para persuadir a las potencias de que aceptaran la unificación, Cuza tuvo que poner en práctica sus dotes diplomáticas. Una vez conseguido el objetivo, Alexandru Ioan Cuza es elegido príncipe gobernador de Moldavia el 5 de enero de 1859, y de Valaquia, el 24 de enero de 1859. Con esta doble elección, Cuza se presenta ante Europa y el mundo respaldado por sus ciudadanos, lo que le proporciona legitimidad frente a las mencionadas potencias.
Según explica el doctor en historia, Ioan Scurtu, la unificación se hizo realidad el 22 de enero de 1862, cuando Cuza constituye el primer gobierno para ambos principados y anuncia al conjunto de la ciudadanía que el sueño de una sola Rumanía era ya un hecho. Ese mismo día se designó igualmente la capital rumana: Bucarest.

El periodo de Alexandru Ioan Cuza como dirigente no fue largo, pero sí intenso y memorable. Su figura permanece en la memoria histórica rumana, no solo por el papel que jugó en el proceso de unificación, sino por su implicación en la modernización y el desarrollo del país. Como gobernador, uno de sus principales objetivos era la reconstrucción del mismo, por lo que se involucró por igual en la política interior como en la exterior.
Para ello, impulsó una serie de iniciativas y reformas por las que aún hoy es recordado. Durante los siete años de reinado (1859-1866), Cuza sentó las bases del estado rumano moderno, iniciando y adoptando reformas en distintos ámbitos: ejército, educación, la organización administrativa y judicial, así como la organización del sistema juzgando el sistema único de medidas y pesos; secularizó los monasterios y adoptó un programa de construcción de ferrocarriles, etc. Sin duda, lo que más agradecieron los ciudadanos rumanos fue, como apuntábamos al principio, la reforma agraria y la ley electoral.

En relación a la política exterior, Cuza demostró amplia competencia e inteligencia política. Asumió desde el principio el papel de portavoz frente a las potencias exteriores. Antes de la proclamación de la unificación, cuando confluían los gobiernos de Iasi y Bucarest, Cuza era el encargado de hablar en nombre de los principados y de resolver asuntos consulares y diplomáticos, ejerciendo así las funciones que ahora se conocen como Ministro de Asuntos Exteriores o Secretario de Estado.

Más tarde, tras la unión de los principados, Cuza designó a Costache Negri como agente diplomático en Constantinopla, al anteriormente citado Vasile Alecsandri, como Ministro de Asuntos Exteriores en Moldavia; y a su hermano, Iancu Alecsandri, como representante diplomático en París. Según el escritor Radu Rosetti -encargado de las memorias del príncipe gobernador- Cuza se mostró incasable en las relaciones exteriores, pues aunque no estuviera al frente de un estado completamente soberano, él actuaba como tal.
Ante los esfuerzos, el liderazgo y las habilidades demostradas, los líderes europeos respondieron respaldando al dirigente rumano. Napoléon III apoyó política, económica y militarmente a Cuza y su reciente nación. También se comenzaron a establecer relaciones con Italia, Serbia o Estados Unidos, entre otros. La diplomacia rumana, por tanto, estaba en las manos adecuadas.

Conociendo su valioso aporte y dedicación en la construcción de las bases para un verdadero Estado, independiente y moderno; así como las buenas relaciones que mantenía con algunas potencias, su derrocamiento por medio de un golpe, no produce sino sorpresa y perplejidad entre la ciudadanía rumana. La noche del 11 de febrero de 1866, Alexandru Ioan Cuza fue depuesto de su trono y sustituido por Carlos de Hohenzollern-Sigmaringen, por parte de lo que Dimitrie Bolintineanu llamó la “monstruosa coalición”.
Tras este tumultuoso suceso, considerado vergonzoso por parte de algunas voces críticas, como Titu Maiorescu, Alexandru Ioan Cuza se exilió en varias ciudades europeas: Viena, París, Florencia y Heiderlberg. Morirá a los 53 años, y será enterrado en Ruginoasa, Iasi, tal como fuera su voluntad. No obstante, se le trasladó definitivamente a la Iglesia de los Tres Jerarcas, también en Iasi, una localidad que le brinda homenaje con un monumento que se puede contemplar en la Plaza de la Unificación.

Alexandru Ioan Cuza es apodado “padre de la nación” de Rumanía, y con razón. Los historiadores rumanos le dedican un espacio primordial al narrar la historia del país, porque él fue quien encendió la mecha del proceso de unificación, y puso en marcha mecanismos y procedimientos para hacer realidad la idea compartida con sus ciudadanos de una Rumanía como Estado, independiente, autónomo y real.

Por Valentina Roxana Craiu.
Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid.
Estudiante del Máster “América Latina y Unión Europea: una cooperación estratégica”.

Informe especial: el Centenario de la Unificación de Rumania (2018)

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