Comparte este contenido

Algunos autores ya han cubiertos ciertas facetas del tiempo en política. Alasdair McKay [1] hace un gran trabajo de recopilación histórica y desmenuza el tiempo respecto de las ciencias sociales, de cómo se aborda por los estudiantes de RRII. Nos muestra que los autores realistas encuentran en la dimensión temporal una característica cíclica de repetición y recurrencia por las propias características del comportamiento estatal preso de un sistema anárquico. Pero también una faceta linear heredada del cristianismo y la evolución de una historia unidireccional así como la llegada de la ilustración europea y el progreso de la que la escuela liberal se hace eco. También la imposición de la cronología occidental puede encontrarse en los escritos posmarxistas (de esto profundizó y mucho Andrew Hom [2]). En definitiva, todas las escuelas se hacen de elementos temporales para hablar del mundo.
Pero el tiempo no puede ser escindido del espacio. Tiempo y Espacio es una unidad indivisible. Todos los actores del sistema internacional se ven afectados por el espacio-tiempo (de ahora en adelante “ET”) y todos afectan su entorno y por tanto, el espacio-tiempo. Construyen tempo-espacialidad y son afectados por el binomio.  Como todo cuerpo en el mundo de la física, los actores tienen la capacidad de “doblar” el ET: torcer las decisiones de otros; crear percepciones a través de ventanas temporales de oportunidades y márgenes. Es un recurso de poder que influye tanto como la materialidad presente en el bagaje de recursos existentes en el sistema.
El tiempo es un concepto curioso porque cuando lo creemos simple y abordable, montado sobre una flecha de dos direcciones de modo lineal o en ciclo continuo, puede ser moldeado casi a voluntad. En la creación de percepción, y por tanto de identidad, legitimación o representación, el tiempo puede ser un elemento de coacción o de reparación. Gran ejemplo de ello es la construcción de discursos a partir de la alteración del tiempo de una comunidad. Con mayor precisión podría referirme a la asignación de características pasadas de una unidad para posicionarla en otro sector… otro espacio. Como podría ser la federación rusa con el comunismo; la Europa contemporánea con la aventura imperial o la África moderna con la pobre y colonizada. Llevarnos a otro momento para situarnos en otro lugar. En la reafirmación de esas características está la decisión de hacer del tiempo (y de los espacios que están emparejados con él) un absoluto. Una regularidad, una constante. Daryl Morini [3], sobre la importancia de esta fuerza (como él denominó al tiempo) citó a R. G. Collingwood: “El concepto lineal del tiempo como una corriente o línea recta oscurece la naturaleza esencialmente contingente de la historia”. Nos atrapa en un determinismo completamente alejado de la realidad.

Tiempo también es y puede ser cambio, estabilidad, finitud y lo eterno. Sin dudas la irrupción de la Internet alteró las velocidades. Pero esto ya había ocurrido en otras dimensiones más cercanas a lo que conocemos como geopolítica que dio paso a otro concepto tan importante como este último y poco abordado: la cronopolítica. Con el desarrollo de la carrera armamentista en la guerra fría y la carrera espacial dos nuevas realidades comenzaban a desenvolverse ante los ojos de los  gobernantes mundiales: las distancias geográficas se moldeaban tanto horizontal como verticalmente. Los misiles ahora podrían cubrir distancias enormes y por tanto los tiempos de respuesta ante un eventual ataque se acortaban; pero también el mundo se ampliaba porque ahora contenía el espacio (el cosmos) cercano. Y la velocidad para alcanzar esa amplitud espacial se convirtió en imperativa. Un gran trabajo sobre ello fue escrito por Germán Llorca Abad[1].
Internet no alteró velocidades en las interacciones digitales sino también las conductas humanas que hoy son alcanzadas globalmente uniendo tiempo y espacio, ahora sí, para todos. Hay nuevas generaciones para las que dos minutos es una eternidad. Pero también hay comunidades rendidas (y convencidas por terceros) ante el determinismo en el que el ahora equivale al para siempre; de una región del mundo abandona por los suyos, subyugada por los poderosos cuya única salida es el aeropuerto. Porque existe una relación gravitacional que deforma no solo el espacio entre dos unidades del sistema sino también el tiempo.

Hay verdad en frases como “El tiempo es tirano” pero mucha más existe en decir que quien posee el reloj, un único reloj, es su esclavo. Podemos pensar por ejemplo en cómo las distintas unidades del sistema piensan o conciben el tiempo. Es sabido que los chinos conciben de forma muy distinta el tiempo a, por ejemplo, los Estados Unidos. Cabría preguntarse si los diseños de política exterior obedecen a ese entendimiento o si el tiempo cambia de acuerdo a la posición en la que la unidad se sitúa en el sistema. ¿Puede la paciencia de un actor explicarse desde la ausencia de centralidad, de protagonismo? ¿Es la ventana de tiempo igual para un hegemón lidiando con un conflicto incipiente que para un actor regional? Así como una unidad más poderosa puede curvar el tiempo sobre una unidad menor, estableciendo límites para afrontar una deuda o para cumplir un objetivo, es también cierto que la estructura y su tiempo modifica las percepciones y actitudes de las unidades: los plazos entre estadounidenses y soviéticos no eran los mismos que aquellos que regían (y continúan rigiendo)  para la Argentina y Brasil, sea en 1978 en el 2020. Puede decirse que aun midiendo lo mismo; algunas relaciones llevan reloj digital y otras uno de arena.

¿Existe principio y fin en las relaciones internacionales? Volviendo al ejemplo soviético, el principio (al igual que su fin) de una problemática o de un fenómeno es relativo. Siempre se puede retroceder más. Cómo lo abordó Stephen Hawking [4], ese big bang (el origen de todo) podría ser autocontenido, ausente de fronteras que delimiten el inicio y el final de algo. La construcción (representación y legitimación) de otro actor en competencia -o colaboración- parece no importarle de rótulos: para los Estados Unidos ochenta años de comunismo son más que casi doscientos de imperialismo de la Rusia cristiana. Diez años de crecimiento capitalista chino son muchos más que miles de letargo sistémico. Y en la otra dirección también aplica. Basta con mirar el ejemplo japonés. En definitiva, las cosas son porque empezaron cuando uno lo decide, sin importar el certificado de nacimiento.
Si planteamos la disputa sino americana por el poder global, ¿qué tipo de relación temporal podemos concebir? ¿Quién tira de las  cuerdas del reloj, o para modernizarnos un poco… quién ajusta el sistema operativo? Al igual que existen distintos husos horarios tenemos que pensar que existen distintas dimensiones (áreas, espacios) temporales que conviven dentro de la relación: porque así como es válido preguntarnos ¿En cuánto tiempo la economía china sobrepasará la estadounidense? También lo es preguntarnos cuál, cómo o cuándo es la renovación de las plataformas de streaming chinas que influirán en las futuras generaciones a través de su contenido. Espacio y tiempo no pueden ser escindidos. Sí, muy probablemente China sobrepase a los Estados Unidos en el tamaño de su economía. No, no va a alterar el sistema sólo por hacerlo. Es más probable que la reorganización del sistema venga por la alteración de la duración de la democracia estadounidense que por la estabilidad del partido comunista en China. Naturalmente los tiempos del resto de los actores que configuran la estructura favorecen la situación. Europa no parece tener tiempo para pensar su déficit institucional de seguridad; Rusia no tiene tiempo para escapar de sus paradojas de debilidad; y la India no puede desaparecer ni a Pakistán ni a China de su agenda. Hay poco tiempo y sobreoferta de relojes para cronometrarlo. Porque, aún en los agujeros negros del sistema, la entropía siempre vence.

Sobre el tiempo también podemos pensar en epifenómenos de evolución e involución. Unidades tan visibles como los Estados Unidos nos permiten pensar los distintos tiempos con los que observamos su desarrollo. Pensemos en Trump. ¿Trump son cuatro años o son cuarenta? ¿Trump es aquello situado con anterioridad que lo hizo posible o es aquello que le continua gracias a su ser y hacer? Son los dos. ¿Estados Unidos es Trump o #45 es un paréntesis en su historia? Lo rico y frustrante del ET es que ofrece relojes a todos; y en todos los lugares y en todos los momentos la hora es correcta.
El manejo del tiempo como herramienta de poder (medio) pero también como poder mismo (fin) es sumamente importante también para entender el por qué es menester interesarnos sobre este concepto. La velocidad del Blitzkrieg; la paciencia de la KGB/FSB y sus kompromats, la madurez de una democracia, el ocaso de un régimen, la instantaneidad de una noticia, la hibernación de un virus informático. Es tiempo y es espacio.
El ET se curva también cuando pensamos los procesos políticos distantes con el reloj de aquellos medios que dicen qué sucede, pero, fundamentalmente, cuándo suceden: No es lo mismo pensar un hecho despojándolo de su temporalidad que conteniéndolo dentro de su propio ET. Los sucesos políticos no son fenómenos abstraídos de su mundo. Un golpe de estado en Níger no es “la problemática africana”; el desarrollo de una tecnología trascendental (5g, 6g) no es un asunto meramente chino (o estadounidense o ruso, etc.).
Y la inmediatez de nuestra era juega muy en contra para pensar los hechos internacionales. Primero porque el “attention span” (la ventana de capacidad de atención) es cada vez menor. Segundo porque lo que vemos (nos muestran, nos dan a conocer) puede ser efímero o puede ser constante.  Tomemos por ejemplo las cadenas de noticias que se han convertido en loops institucionalizados: una y otra vez repitiendo la misma noticia, sin terminar de desarrollarla nunca. Así, el tiempo es desnaturalizado porque siempre es lo mismo. No hay cambio, no hay desarrollo, no hay evolución. Dependiendo qué se mire (qué espacio mediático) y cuándo (qué tiempo electoral, durante cuál mandato) todo está bien o todo está mal… todo el tiempo. Es así que el manejo del ritmo, del flow, también es de trascendental importancia. Hay veces que hasta podríamos pensar que los actores son MCs (rappers) vocalizando barras como maestros de ceremonia en el concierto de naciones.
En conclusión, tiempo y espacio, al igual que en la física, siguen su matrimonio en las relaciones internacionales y es menester hacernos de relojes para tratar de entender, en la medida que podamos, la inmensurable realidad.

Por Lic. Martín Rodríguez Osses
Fundación Globalizar

Referencias:
[1] Llorca Abad, Germán. 2007. Globalización, Cronopolítica y Propaganda de guerra: aproximación al pensamiento crítico de Paul Virilio. Universitat de Valencia. https://roderic.uv.es/bitstream/handle/10550/15276/llorca.pdf
[1] McKay, Alasdair. 13 de Julio de 2016. An Introduction to Time, Temporality and Global Politics. https://www.e-ir.info/2016/07/13/an-introduction-to-time-temporality-and-global-politics/
[2] Hom, Andrew. (2020).  Time and International Relations Theory. UK: Oxford University Press.
[3] Morini, Daryl. 5 de Mayor de 2012. International Relations and Time. https://www.e-ir.info/2012/05/05/international-relations-and-time/
[4] Hawking, Stephen. (1988). Historia del Tiempo. EEUU: Bantman Books, Nueva York.