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El 18 de septiembre próximo tendrá lugar el primer referéndum por el cual Escocia podría lograr su independencia del Reino Unido. De esta manera, aquel país que supo poseer colonias e influencias alrededor del globo, podría volver a prescindir de una porción significativa de su territorio; significativa, no sólo por el tamaño de su superficie sino también por su proximidad e historia compartida.
La primera revolución industrial supo consolidar al Reino Unido más allá de las fronteras europeas, en donde su importancia política ya había sido alcanzada desde la misma conformación de Inglaterra, luego de la batalla de Hastings de 1066. Desde entonces, la expansión y la influencia política de la corona inglesa no supo ni de pausas ni de obstáculos. A comienzo del siglo XX, aquellas islas europeas conocidas por su clima no tan benévolo, regulaban tanto el comercio internacional como la vida en buena parte del planeta.
Luego de poseer territorios en todos los continentes, desde China e India hasta los Estados Unidos; desde Creta hasta Sudáfrica, el primer freno considerable en siglos lo supo dar la primera guerra mundial, paradójicamente, hace exactamente cien años. El Reino Unido salió victorioso de aquella contienda militar, de la cual hoy en día se discute si su participación fue necesaria, aunque su poderío político y económico sufrió un considerado revés. Luego la crisis de 1929, la imposibilidad de cobro de la deuda alemana de la primera guerra mundial, sumado a un deterioro en las condiciones de comercio (fin del patrón oro) y una alteración de la balanza comercial, llevaron a Londres a continuar perdiendo liderazgo y a empezar a compartirlo con una de sus ex colonias: los Estados Unidos.

La segunda guerra mundial significó una nueva victoria en lo militar pero a un costo económico y político inmenso: el Reino Unido para la segunda posguerra habría dejado de ser la gran potencia mundial y el comienzo del proceso de descolonización sería un claro ejemplo de ello. Independientemente de algunos territorios resistidos a su devolución (Hong Kong hasta el año 2000, Islas Malvinas, Gibraltar, Belice, diversas islas del Caribe, sólo por mencionar algunos ejemplos), el territorio británico tuvo una clara contracción de sus fronteras. Luego vendría la década de 1980 y el gobierno de Margaret H. Thatcher con la inclusión del neoliberalismo, permitiendo la privatización del espacio estatal y la inversión extranjera en ámbitos de estrategia nacional (e.g. energía).
En este contexto de cambios estructurales en las últimas décadas del Reino Unido es que podemos analizar con precisión lo que sucede ante la posible independencia de Escocia. Con el fin de entender la pregunta del titular, y en primera instancia, no sería el comienzo de una etapa sino la continuidad de otra con menos esplendor para la historia británica. Con rigor también se debe subrayar que la historia británica tampoco ha conocido de momentos estacionarios y que el cambio y la adaptación han sido variables recurrentes.

En caso que se lograse la independencia escocesa habría de pensarse algunas modificaciones estructurales en términos políticos. Para ello y en torno a considerar las más elementales, podemos encontrar que Inglaterra, Irlanda del Norte y Gales perderían una porción considerable de territorio con la partida de Escocia. Con ello, se desprenderían de una de las reservas más importantes de petróleo de Europa así como de una región comercialmente activa la que, seguramente, no sólo que dejaría de utilizar la Libra como moneda nacional (en su versión escocesa) sino que al sumarse a la Unión Europea podría reemplazarla por el Euro (en clara contradicción con la estrategia inglesa). Adicionalmente, la recaudación fiscal de Londres se vería disminuida por la pérdida de aportes y de utilidades petroleras del mar del norte.aref SI NO
En términos culturales e históricos el impacto sería profundo para un país caracterizado por su riqueza intelectual y autorreferencial. No olvidar que Escocia fue y es cuna de cientos de intelectuales, científicos y artistas de gran renombre para la tradición británica. Ejemplo actual de ello es que el anterior Primer Ministro, Gordon Brown, es oriundo de Escocia.
Ya en cuestiones más específicas, es de común conocimiento la voluntad de Edimburgo, en caso de lograrse la independencia, de no conservar en su territorio tanto la base de submarinos de propulsión nuclear como así tampoco el depósito de armas nucleares, de momento en manos del Reino Unido. Eso originaría, en primer lugar, la necesidad de negociar una transición en la que el Reino Unido administre ambas bases hasta su traslado final. Por el otro lado, debido a los altos costos de la referida mudanza de la base de submarinos y, más aún por el depósito nuclear, podría llegar a considerarse el desarme de los mismos, lo que originaría la primera experiencia concreta de esta situación en un país con capacidad bélica nuclear y miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Para el parlamento británico la perdida de Escocia significaría una derrota desde lo político. La administración del Primer conservador, David Cameron, quedaría muy debilitada, invitando a pensar a muchos analistas acerca de su posible dimisión en sus funciones. En caso que prevalezca el “no”, sería visto como un respiro para Londres aunque no le conllevaría a una ventaja posterior en lo político. En lo cotidiano al momento en que se escribe este artículo, se destaca la lentitud y la zozobra con que Downing Street manejo este asunto. El gabinete conservador demoró la toma de decisiones para acercar al electorado escoces al Reino Unido, y al aparecer encuestas con una luz de ventaja al “si”, medidas desesperadas han empezado a ser anunciadas. De momento es incierto el impacto que tendrán.
Continuando con la política interna, se puede agregar que periodistas británicos han comenzado a temer que la independencia sujeta a este breve artículo pueda ocasionar la reaparición de movimientos nacionalistas dentro del resto de las naciones británicas. Cabe recordar el pasado violento en el caso de Irlanda.
En contraposición con lo mencionado y siguiendo el empate técnico en las últimas encuestas, existe la posibilidad de que Escocia conserve su lugar dentro del Reino Unido y que todas estas hipótesis sean arrojadas por la borda. A pesar de ello, este referéndum es un claro ejemplo de la turbulenta política británica de las últimas décadas. A modo de conclusión, el 18 de septiembre será una fecha importante para la historia británica. Quizás sea un primer ensayo para la nación escocesa o bien un paso definitivo hacia su independencia. Sea cual fuere el resultado democrático, el proceso por aumentar la autonomía (en caso de que ganara el “no”) así como de consolidar la independencia (en caso de que el “si” obtenga mayores votos) será largo e invitará a ambas partes a aunar esfuerzos en pos de construir un orden estable que, principalmente, permita la continuidad social, económica y cultural de las islas británicas.

Por Lic. Mariano López Ferrucci
Analista Internacional